MONTEVIDEO
Ó UNA
NUEVA TROYA
Escrita en francés
ACEJANDRO DUMAS
(Ht II»)
Versión española
Pos ANDRÉS MUÑOZ ANAYA
MONTEVIDEO
Imprenta y bebrería del Plata, calle Andes núm. 174.
1893
tmm
LOS
^-lejandjro I>ujacia,s.
Dos palabras
«MONTEVIDEO Ó UNA NUEVA TROTA— El
« interesante libro que con el titulo de estas
« lineas publicó en París Alejandro Dumas
« el año ae 1850, con datos que le fueron fe*
« cilitados por el General Melchor Pacheco y
« Obes, está siendo traducido actualmente
€ por un joven compatriota amante de núes*
« tras glorias históricas.
« La traducción debe ser en breve editada
« por su autor, Andrés Muñoz Anaya, hijo
«ae uno de los que defendieron á Montevi—
« deo bago las órdenes de Garibaldi; y es de
« esperar que tenga la acogida que mereció
« siempre la edición original, hoy entera-
« mente agotada. »
«El ÍHa » Miércoles, 7 de Diciembre de 1892.
Estimulado por la falta de una obra en nuestra
lengua que dé á conocer los detalles umversalmente
gloriosos de la heroica defensa de Montevideo, he
abordado la traducción de la obra escrita en el año‘
1850 por el eminente escritor francés Alejandro Du-
mas al respecto, confiando ademas en que los errores,
que me sean propios, serán disculpados por la bene-
volencia de los lectores, en mérito á que no me anima
otro propósito que el de difundir entre la juventud
de mi patria, en la medida de mis fuerzas, los he-
chos gloriosísimos de aquella lucha épica que ad-
miró al mundo al par que dio á conocer las cuali-
dades nobles y generosos del gran partido colorado.
El Traductor.
MONTEVIDEO Ó UNA NUEVA TROVA
CAPÍTULO I
Lo primero que aparece á la vista del viajero
que llega de Europa sobre aquellas naves que
los primeros habitantes convertían en casas vo-
lantes, y que el marinero en observación domi-
na,— son dos montañas;— la una en que aparece
edificada la ciudad, y en la que surge la catedral,
la iglesia madre, la matriz, como la llaman; —
la otra cubierta de verdura, y en la cual se alza
magestuoso un faro, y que denominan el Cer-
ro; — de modo que cuanto mas aproxima el via-
jero, él aparece detrás de las torres de la catedral,
cuyas cúpulas de porcelana, brillan al sol; — á
la derecha del faro situado en la cumbre del
Cierro, y de donde se domina la inmensa llanura.
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se vén innumerables miradores de lindo aspecto,
casi corona de las casas blancas y rosadas y
cuyos balcones en las horas de la tarde son un
punto de reunión; — al pié del Cerro, los vastos y
numerosos saladeros, y en la rivera de la bahía
las risueñas quintas, orgullo y delicia de los
habitantes, que en los días festivos, llegan nume-
rosos, al Miguelete, á la Aguada, al Arroyo Seco.
Después se echa el ancla entre el Cerro y la ciudad
dominada por su gigantesca Catedral, cual otra
Leviátan entre cantidad de casas, y una lancha
de seis remeros, rápidamente, lo lleva á la orilla,
donde durante el dia, se vén en las inmediaciones
de aquellas encantadoras quintas, grupos de
mujeres vestidas de amazonas y de caballeros,
y al caer de la tarde y á través de los balcones
que esparcen torrentes de luz y de armonía, se
oyen las notas del piano, los lamentos del arpa,
el compás de las cuadrillas, ó las tristes caden-
cias de las canciones, — motivos todos para consi-
derar á Montevideo la reina de aquel gran Rió
de la Plata que después de correr aún 80 leguas,
desemboca en el Atlántico.
Juan Díaz de Solis descubrió en el 1516 la
costa del Rio de la Plata y habiendo el vigía á
la vista del Cerro gritado Monte-video, este nom-
bre le cupo á aquella ciudad, de la cual damos
breves detalles.
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La audacia costó la vida á Solis, quien hacía
un año había descubierto el Rio de Janeiro; quiso
dejando en la bahía dos naves, aventurarse con
la tercera en la embocadura del rio; — engañado
por los indios con demostraciones de amistad
cayó con varios compañeros en una emboscada,
en la orilla de un arroyo, que en memoria de
aquella horrible masacre, lleva aún hoy el nom-
bre de Arroyo de Solis. La orda de indios an-
tropófagos, valerosos hijos de la primitiva tribu
de los charrúas, dominaba el país, lo mismo que
al estremo del Continente los Uñones y los Sioux.
Fracasadas las tentativas de los españoles para
someterlos, íué necesario fundar á Montevideo
y después de rechazar continuados ataques de
día y de noche, gracias á aquella resistencia Mon-
tevideo que tiene apenas cien años de vida es
una de las mas modernas ciudades del Continen-
te Americano.
Por último, en el ocaso del pasado siglo, apa-
reció un hombre que á aquella tribu, constituida
señora de la costa, llevó una guerra de sangre y
esterminio. — En los últimos combates unidos
las mujeres y sus hijos, en medio á los comba-
tientes, como los antiguos Teutones, cayeron
todos sin retroceder un paso. Testimonio de
esta suprema derrota el viajero que sigue la traza
de la civilización desde que el sol sigue su camino
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de Oriente k Occidente, y vé aún hoy al pié del
Acegúa blanquear los restos de los últimos
charrúas.
El nuevo Mario vencedor de aquellos Teutones
noveles, era el comandante de campaña, Jorge
Pacheco, padre del general Pacheco y Obes en
misi ón de Montevideo, acerca del Gobierno
Francés.
Pero el Comandante de Campaña, estaba des-
tinado á combatir otros gallardos enemigos, mé-
nos fáciles que los indios, como aquellos que
tenían no una ié religiosa que disminuía de día
en día, sino un material interés que crecía por
mil motivos; — estos eran los contrabandistas del
Brasil, que de los salvajes destruidos recibían
una herencia de venganza.
Entonces imperando el sistema prohibitivo,
base del gobierno español, una guerra ostinada
entre el Comandante de Campaña y los contra-
bandistas; pues unas veces por engaños otras
por fuerza, tentaron introducir en el territorio de
Montevideo, géneros y tabacos, — era de consi-
guiente necesidad. — La lucha pues fué larga,
desesperada, mortal. — Mientras don Jorge Pa-
checo, hombre de fuerza hercúlea, de figura gi-
gantesca y singular perspicacia, tenía la creencia
de que se encontraban, sino destruidos (imposi-
ble) á lo ménos alejados de la ciudad,— aquellos
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aparecieron nuevamente mas vigorosos, mas
diestros, mas compactos, bajo la dirección de
una voluntad única, potente, valerosa.
¿Cuál era la causa de aquella obstinación dél
enemigo f — Los espías mandados con tal objeto
por Pacheco, regresaron, con un solo nombre :
Artigas !
Era este un jóven de veinte á veinte y cinco
años, de corazón, como un viejo español, diestro
como un charrúa, despierto como un gaucho; —
él tenía de las tres razas, sino la sangre, el es-
píritu.
La lucha fué entonces singularísima; por una
parte la destreza de los contrabandistas, llena de
juventud y vigor; — por otra la energía del viejo
Pacheco, que tal vez disminuía sinó en fuerza,
en voluntad.
Duró la guerra cuatro ó cinco años, en los que
Artigas, siempre batido, no vencido, parecía
adquiriese nuevo vigor regresando al ataque.
Finalmente el hombre de la ciudad, cedió, y á
semejanza de un antiguo romano, que del orgullo
hacía sacrificio en el altar de la patria, entregaba
sus poderes al gobierno español, proponiendo en
su lugar á Artigas, jefe de la campaña, como el
único que pudiese contener el contrabando.
La España aceptó; y como un bandido romano
hecha la sumisión al Papa, pasea admirándo la
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dudad, de que poco antes era el terror. Artigas
entró triunfalmente en Montevideo, á seguir la
otra de esterminio que dejaba su predecesor.—
Esto sucedía en 1782 al 83. — Artigas después de
la edad de 27 ó 28 años, vivió todavía hasta tener
próximamente 93, en una pequeña quinta del
Presidente del Paraguay.
Este hombre bello, valeroso y fuertísimo, de-
muestra la época de una de las tres potencias
que dominaron en Montevideo.
Don Jorge Pacheco era el tipo de aquel valor
caballeresco del viejo mundo, que atravesó los
mares, con Colón, Pizarro, Vasco de Gama, etc.
Artigas el hombre de la campaña, representa-
ba el partido nacional, que tiene parte del portu-
gués y parte del español; — aquellos, esto es, los
extranjeros á la tierra americana, y que eran
portugueses ó españoles, pues apesar de su esta-
día en la ciudad conservaban las costumbres de
sus respectivas naciones. — Eli tercer tipo, la ter-
cera potencia de la ciudad la constituía el gaucho.
En Francia se dice falsamente, gaucho, al
hombre que vive en aquellas vastas llanuras, en
aquellas inmensas estensiones, comprendidos
entre la orilla del mar y la parte oriental de los
Andes. — Fué el capitán inglés Head, el primero
que introdujo el error de confundir al gaucho,
con el habitante de la campaña, que no admite.
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no solamente la semejanza, sino que ni la compa-
ración.
Al gaucho puede llamársele el boemio del nue-
vo mundo, porque privo de bienes, de casa, de
familia, no tiene mas propiedad, que el poncho,
el caballo, el cuchillo, el lazo y las boleadoras. —
El cuchillo, es su arma, el lazo y las boleadoras,
su industria.
Artigas fué saludado con alegría por todos,
pues una vez en su puesto de comandante de
campaña desaparecieron los contrabandistas.
Desempeñaba tal cargo al estallar la revolu-
ción de 1810, revolución que trajo la caida del
dominio español en el Nuevo Mundo.
El levantamiento empezado en 1810 en Buenos
Aires, no cesó, sino en Bolívar, en la batalla de
Ayacucho en 1824. Las fuerzas insurrectas man-
dadas por el general Antonio José de Sucre,
ascendían á 5,000 hombres. — Dirigía las tropas
españolas en número de 11,000, el general José
de Laserna, último virrey del Perú. Como se vé
no se combatía con armas iguales; los patriotas
escasos de municiones de fuego y de boca, te-
nían un solo cañón, contemporizaban y parecían
rendirse, pero una vez atacados, vencieron. Pri-
mero entró en pelea el general patriota Alejos
Córdoba, ¡adelante! gritó á sus mil quinientos
soldados, alzando su sombrero, en la punta de la
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espada. Preguntado, si al paso ordinario, ó al
paso de carga, debía atacarse al enemigo, al paso
de la victoria respondió. Al concluir el día el
ejército español, era prisionero de aquellos, que
tenía á su discreción por la mañana.
La simpatía de Artigas por la revolución, lo
hablan puesto á la cabeza del movimiento en la
campaña. Iba entonces á resignar en Pacheco su
cargo, como este lo había hecho primero con él,
cuando una sorpresa hecha al viejo general en su
alojamiento de Casa Blanca , en el Uruguay,
por un grupo de soldados españoles, lo hizo de-
sistir. Conservó su puerto, y derrotándolos en
poco tiempo en toda la campaña, de la que se
habla constituido señor, los redujo únicamente
á la ciudad de Montevideo, que por ser después
de San Juan de Ulloa, la ciudad mas fortificada
de América, podía oponer, alguna resistencia á
las impetuosas fuerzas enemigas. Así es que
protegidos por un cuerpo de 4,000 hombres, se
congregaron en la ciudad todos los partidarios
de España. A esta plaza puso sitio Artigas,
sostenido por sus aliados de Buenos Aires. Pero,
una armada portuguesa vino en ayuda de los
españoles, é hizo levantar el asedio de Montevi-
deo. En el 1812 el general Rondeau por Buenos
Aires y Artigas por Montevideo, uniendo sus res-
pectivas fuerzas, volvieron á la empresa, y des-
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pues de uü nuevo sitio que duró 23 meses, la
capital de la futura República , Oriental, vino por
capitulación á poder de los sitiadores á las ór-
denes del general en Gefe Alvear.
Porque Artigas no tuviese ya el mando supre-
mo, es fácil de comprenderse. Después de veinte
meses de sitio y tres años transcurridos en medio
á los hombres de Buenos Aires y de Montevideo,
la disparidad de usos y costumbres, dire casi de
sangre, lo que al principio habían sido simples
causas de discusión, gradualmente, habían to-
mado el aspecto de un ódio inveterado. Fué en-
tonces que Artigas se retiró como Aquiles en su
propia tienda, ó mejor dicho, llevándosela con él,
buscó un asilo en aquellas inmensas llanuras,
bien conocidas por el jóven contrabandista.
Por tal motivo Alvear, cuando la capitulación
de Montevideo, era general en jefe de los porte-
ños. De tal manera son denominados en el país
los hombres de Buenos Aires, mientras que al
opuesto llámanse orientales, á los de Montevi-
deo. Esto es lo que los distingue. El hombre de
Buenos Aires hacen ya mas de 300 años que ha-
bita aquel pafe^jolvidó después de un siglo, las
tradiciones de la madre patria, la España; y
teniendo sus intereses radicados en la tierra que
habita y en la que trabaja, él es hoy mas ameri-
cano, que lo que lo eran los mismos indios des-
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traídos por él. Por el contrario el hombre de
Montevideo, que ocupa solamente desde hace
un siglo el país, no ha podido olvidarse que él es
español; al sendmiento de la nueva nacionalidad,
únela tradición de la vieja Europa, lo que influye
k que sus tendencias sean de civilización; mien-
tras que el hombre de la campaña de Buenos
Aires, vuelve gradualmente á la barbarie. Origen
de estas variadas tendencias es tal vez el mismo
país.
La población de Buenos Aires diseminada en
campiñas inmensas, teniendo por alojamiento,
mal construidas cabañas, léjos unas de otras,
en un país tristísimo, escaso de agua y de made-
ras, contrae por la soledad en que vive por las
distancias y por las privaciones un carácter tris-
te, insociable, casi bárbaro. Tiene instrutos co-
mo el de los indios salvajes, que habitan las
fronteras del país, de quienes reciben plumas de
avestruz, mantas para los caballos y maderas
para lanzas, objetos todos de un país, en donde
la civilización europea no ha penetrado, y por
tos que dan en cambio, aguardiente y tabaco,
que los indios después llevan á aquellas inmen-
sas llanuras de las Pampas, de donde han to-
mado el nombre, ó á la que tal vez han dado el
de suyo.
La población de Montevideo, ocupa en cambio
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un bellísimo país, cruzado por arroyos, interca-
lados por valles. Si no tiene las inmensas flores-
tas de la América del Norte, puede sin embargo
en sus amenísimos valles, reposar á la sombra
del quebracho de la corteza de fierro, del Ubaje
de los frutos del oro, del Sauce de las ricas
ramas. Las casas, las quintas, las chacras,
á poca distancia unas de otras, proporcionan á
los habitantes, cómodos alojamientos y sanísi-
mos alimentos; por lo tanto su carácter franco y
hospitalario, es reflejo de la civilización europea
que el mar le lleva en alas del viento. Tipo ideal
de la perfección para el gaucho de Buenos Aires,
es el indio á caballo; para aquellos de la campana
de Montevideo, es el hombre de Europa. El pri-
mero se reputa el mas elegante de América; fácil
á la ira y á la calma vence en fantasía á su rival;
y en efecto Varela y Lafinur, Domínguez y Már-
mol poetas porteños nacieron en Buenos Aires.
El segundo en cambio es mas calmo y mas
firme en sus proyectos, en sus resoluciones; si
el gaucho cree superarlo en elegancia, él se con-
sidera primero en coraje. Entre sus astros poé-
ticos brillan los nombres de Hidalgo., de Berro,
de Figueroa, de Juan Cárlos Gómez.
No es maravilla, si también las mujeres de
Buenos Aires pretenden, ser las mas bellas entre
todas las de la América Meridional, desde el
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estrecho de Lemaire al rio de las Amazonas. Son
las primeras entre éstas las señoras Agustina
Rosas, Pepa Lavalle y Martina Linche. Pero si
la mujer de Montevideo, no es tan encantadora,
la pureza de sus formas, sus manos, sus peque-
ñísimos piés, las dirían hijas de Sevilla ó Grana-
da; tiene en suma, aquel no sé qué de agradable,
que vence á la perfección. Montevideo encierra
con orgullo á María Stewart, Nazareas Rücker y
Clementina Batlle, tipos de sangre escozesa, ale-
mana y catalana, respectivamente. Había pues
en los dos países, rivalidad de coraje y de ele-
gancia, entre los hombres; de belleza y de gracia
entre las damas; rivalidad de ingenio en los poe-
tas, verdaderos ermanfróditas sociales, porque
irritables, como hombres caprichosos al par que
las mujeres y apesar de estos ingenios algunas
veces como niños.
Por todos estos antecedentes, entre Artigas y
Alvear, entre los hombres de Montevideo y Bue-
nos Aires, era consiguiente, no solo una separa-
ción, no solo un odio, sino también una guerra;
y para hacerla el antiguo jefe de los contraban-
distas, supo atraerse todos los elementos opues-
tos, preocupándose poco de los medios, con el
único fin de arrojar del país á los porteños.
Poniéndose entonces al frente de los bohemios
de América (los gauchos) y con todos los recur-
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sos, con que contaba el país, declaró la guerra,
que llamó santa, — y á la que no pudieron opo-
nerse, ni el ejército de Buenos Aires, ni el partido
español, aunque bien velan que el regreso de
Artigas á Montevideo, equivalía á la sustitución
de la fuerza bruta, por la inteligencia. — Hombres
poco antes errantes, bárbaros, desordenados, y
entónces reunidos en un cuerpo de ejército, bajo
las órdenes del general Artigas, proclamado dic-
tador, señalaron una época, que recuerdo los
derramamientos de sangre del 93.— En Monte-
video sucedió entónces, el imperio de los hom-
bres de piés desnudos, de los anchos calzonci-
llos, del chiripá escocés, del pesado poncho, y
del sombrero caido sobre la oreja y sujeto por
el barbijo.
Escenas inauditas, singulares, á veces terri-
bles, entristecieron ala ciudad, imponiendo á las
primeras clases de la sociedad la mas absoluta
impotencia. Artigas fué entónces sin tanta fero-
cidad, y con mas coraje, lo que es Rosas actual-
mente.
Sü dictadura, aún cuando fuese una calamidad,
fué sin embargo, brillante y nacional, — pues lo
demuestra las varias victorias obtenidas sobre
los de Buenos Áires, que él venció en todos los
encuentros, y la resistencia obstinada que apuró
á los portugueses en 1815, cuando invadieron, el
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país, con el pretesto de la desordenada conducta
de Artigas, y con el pretendido objeto, de salvar
los pueblos vecinos del peligro del contagio.
Las clases inteligentes, deseosas de poner un
término, á la anarquía, — hacía votos, porque
sustituyese la dominación portuguesa, á un poder
que se dejaba llevar hacia la licencia y á la brutal
tiranía de la fuerza material.— Contra este doble
enemigo, Artigas defendió el terreno, por el es-
pacio aún de cuatro años. — Vencido al fin, des-
pués de cuatro batallas en campo abierto, ó mejor
dicho siendo batido separadamente, se retiró á
Entre Ríos, ala parte opuesta del Uruguay, don-
de aunque fugitivo, conservaba la influencia de su
nombre, cuando Ramírez su lugar teniente, con
una parte de sus parciales, se le impuso, y le
quitó toda esperanza de recobrar su imperio,
obligándolo á salir del país, en el que como nue-
vo Anteo, parecía adquirir nuevo vigor, en las
inmediaciones de su tierra. — Entonces Artigas
desapareció, á semejanza de la turbonada que
despuso de haber sembrado la ruina y la deso-
lación á su paso, se calma y evapora, — y se re-
tiró al Paraguay, donde hacen dos años, lo vió
un amigo nuestro á la edad de 93 á 94 años, en
el pleno ejercicio de casi todas sus fuerzas y de
sus facultades intelectuales.
Después de su caida la dominación portuguesa
Ó UNA NUEVA TROYA 23
V
echó firmes raíces, hasta el 1825, época en que
Montevideo y todas las posesiones portuguesas
en América pasaron á ser propiedad del Brasil.
Ocupada entónces Montevideo por una fuerza de
8,000 hombres, parecía fuese ya, definitivamente
propiedad del Emperador,— cuando un Oriental
(así llamamos nosotros á los hombres de Mon-
tevideo) que emigrado residía en Buenos Aires, —
en unión de 32 compañeros, como él, proscritos,
juraba libertar la patria ó morir; y haciéndose á
la mar en dos pequeñísimas lanchas, este grupo
de audaces, pisaba tierra, en el Arenal Grande.
El jefe don Juan Antonio Lavalleja, ya de acuer-
do, con secretas inteligencias con un propietario
del país, solicitaba caballos, según lo convenido,
pero aquel, en vez de cumplir la palabra empeña-
da, contestaba: «está todo descubierto, los ca-'
ballos tomados, único camino de salvación para
Lavalleja y compañeros, hacerse nuevamente á
la mar y regresar á Buenos Aires.» Pero ellos
firmes en sus nobles propósitos y no queriendo
retroceder, tomaron posesión en nombre de la
libertad, del territorio de la patria, el 19 de Abril.
Al siguiente día, la pequeña hueste, solicitó de
varios propietarios, caballos, y una vez obteni-
dos, marcharon hácia la capital, teniendo á poco
andar un encuentro con 200 hombres, 40 de loa
cuáles eran brasileros y los restantes orientales.
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MONTEVIDEO
Lavalleja intentando evitar el choque, se ade-
lantó y solicitó una entrevista del comandante
Julián Laguna, su antiguo hermano de armas.
j Qué quieres y á qué vienes? le preguntó éste.
A libertar á Montevideo del extranjero, res-
pondió Lavalleja; =- si obtas por mi propósito,
agrégate, y sinó ríndete ó prepárate á la lucha.
Rendir las armas, nunca he sabido, ni espero
que nadie me lo enseñe.
Entónces ataca con los tuyos, y veremos cual
es la causa de Dios.
Así lo haré, respondió Laguna, y poniendo
al galope su caballo, se unió á los suyos.
Pero desplegando Lavalleja el distintivo nacio-
nal, los ciento sesenta orientales, se le adhirieron,
haciendo á los brasileros prisioneros.
Desde ese momento la marcha hacia Montevi-
deo, filé un no interrumpido triunfo y la Repúbli-
ca Oriental, proclamada unánimemente por todos
un pueblo entusiasmado, tuvo nombre entre to-
das las demás naciones.
Mientras tanto, elevávase ya la fama, del que
mas tarde debía ser el terror de la Confederación
Argentina. Poco tiempo después de la revolución
de 1810, un jóven de aspecto tétrico de los 15 á
los 16 años, dejaba la ciudad de Buenos Aires y
se internaba en la campaña, aquel jóven era Juan
Manuel Rosas, y porqué, todavía niño huía del
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techo paterno, es triste decirlo; aquel que debía
un día esgrimir las armas, contra la patria, ha-
bía dejado caer sus manos sobre la autora de
sus días, y por esto la maldición paterna, lo arro-
jaba de la casa que lo había visto niño.
•Tal acontecimiento, no tuvo éco, en medio del
desenvolvimiento de mas vitales intereses.
Entónces, m ientras la juventud corría á las
armas á alistarse bajo las banderas de los que
combatían por la independencia, él perdido en
las inmensas floretas, entregábase á la vida del
gaucho, adoptando sus vestidos y sus costum-
bres, resultando en suma uno de los mas diestros
domadores de caballos y mas práctico en el ma-
nejo del lazo y de las boleadoras, tanto, que al
verlo se le hubiese tomado por un hombre de la
campaña, por un verdadero gaucho de origen.
Rosas se acomodó primero, en calidad, de
peón en una estancia, íué después capataz, y
mas tarde mayordomo, administrando en este
último puesto las propiedades rurales de la pu-
diente familia de Anchorena, siendo este el prin-
cipio de sus grandes riquezas. Teniendo nosotros
el propósito de demostrar el carácter de Rosas,
en todas sus partes, véamos cuales eran las
disposiciones de su espíritu, al aproximarse el
desarrollo de tantos acontecimientos.
Se encontraba él en Buenos Aires, cuando los
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MONTEVIDEO
prodigios de la revolución contra la España; en
aquel tiempo el hombre de corazón, se hacía
célebre en los campos de batalla, el hombre de
génio, buscaba la gloria en la administración de
la cosa pública. Avido de fama, vela Ro^as,
cerrados todos los caminos, para llegar á ella,
como aquellos que no tienen valor en las batallas ,
ni la ciencia del gobierno. Los gloriosos nom-
bres de Rivadavia, de Pasos, de Agüero, como
ministros; de San Martin, de Balcarce, de Ro-
dríguez, de Las Heras, como guerreros; lo in-
dignaban en el horror de su soledad, y alimentaba
en su corazón un inm enso odio para aquella
ciudad, que para todos teñía un triunfo, pero no
para él.
Desde esta época, Rosas soñaba y trataba de
preparar el porvenir. Errante en las Pampas,
confundido entre los gauchos, compartía la mi-
seria del pobre, ora alimentando las antipatías
del hombre de la campaña, contra el hombre de
la ciudad, ora contando con el número, los indu-
cía á lanzarse sobre la capital, en la primera
oportunidad, ya que ella por tanto tiempo, los
había dominado obtenido así el imperio sobre los
habitantes de las llanuras, dejó Rosas, la soledad
de su compañía.
Insubordinadas en 1820, las tropas de Buenos
Aires, contra el gobernador Rodríguez, un regi-
Ó UNA NUEVA TROYA
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miento de milicias de la campaña «Colorado»
de las Conchas», entró en la ciudad el 5 de Oc-
tubre, á las órdenes de un coronel, Rosas,
quien teniendo al siguiente día un conflicto con
los de la ciudad, desapareció; un violento dolor
de muelas, que cesó con la lucha, lo alejaba,
contra su voluntad de la pelea. La entrada de
Rosas á Buenos Aires, puede decirse, su única
empresa guerrera.
Vencidos los rebeldes de la ciudad, Rivadavia,
nombrado Ministro del Interior, tomaba las
riendas del poder. Este hombre hijo de la revo-
lución, con una erudición extraordinaria, fruto
de sus largos viajes por Europa, alimentaba en
su alma un artiente y puro patriotismo. Intentan-
do llevar á América, los frutos de la civilización
europea, le fallaron los medios de aplicación,
que el pueblo reació y aún niño, se resistía á
adoptar; quiso ser en suma en América, lo que
Pedro I en Rusia, pero privado de iguales ele-
mentos, desistió, si bien pudo seguir disimu-
lando; pero en cambio hirió á los hombres en
sus hábitos, pues estos casi siempre constituyen
el espíritu de nacionalidad. Despreció las cos-
tumbres americanas, protestó del uso de la cha-
queta y del chiripá del hombre de campaña,
haciendo comprender al mismo tiempo, sus sim-
patías por las costumbres europeas, influyendo
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MONTEVIDEO
esto, á que poco á poco, perdiese su popularidad
y el poder.
Apesar de todo esto, muchas fueron las ins-
tituciones, con que dotó al país; su gobierno fué
de los mas prósperos de Buenos Aires. Fundó la
Universidad y varios liceos. Llamó á sabios y
artistas de Europa, tomando entonces verdadero
incremento, las artes y las ciencias; por él en fin
Buenos Aires fué llamado en la tierra de Colón,
la Aténas de la América del Sud.
Declarada la guerra del Brasil en 1826, Buenos
Aires socorría á la nación, con toda clase de
sacrificios. Desquiciadas las finanzas, desorde-
nada la administración, debilitado el gobierno,
nacieron las dificultades. Crecían en tanto con
tan varios y encontrados intereses, distintas
opiniones entre los habitantes de la campaña y
de la ciudad. Levantada en armas Buenos Aires,
Ja campaña en masa asaltóla, siendo Rosas su
jefe y centro del poder. Electo él en 1830 gober-
nador, apesar de la oposición de la ciudad, in-
tentó reconciliarse, repudiando las salvajes cos-
tumbres de los gauchos, como la serpiente de su
piel; pero Buenos Aires resistió, porque la civi-
lización se niega á perdonar á un traidor, que ha
vivido entre la barbarie. Se resignó sin embargo,
á que él se mostrase en traje militar, pero se
preguntaban, en qué campo de batalla había
Ó UNA NUEVA TROYA
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ganado sus grados, si hablaba públicamente, no
se esplicaban, donde había aprendido semejante
estilo, si asistía á una tertulia, las mujeres seña-
lándole con el dedo, lo llamaban el «gaucho en-
mascarado», y hasta llegaron á ridiculizarlo en
hirientes epigramas, en lo que les porteños gozan
alta fama. Esta lucha mortal de su orgullo, duró
los tres años de su gobierno y cuando cesó lo
hizo, con el ódio en el alma, y la hiel en el cora-
zón, convencido de que entre él y la ciudad
había un abismo. Entregóse, nuevamente á sus
fieles gauchos, y á sus estancias, de las cuales
era el señor, pero con el firme propósito de
regresar, cuando fuese dictador á Buenos Aires,
como Scila á Roma, con la espada en una mano
y la luz en la otra. Con tal objeto solicitó del go-
bierno el mando de una fuerza, para atacar con
ella á los indios. El gobierno que lo temía y
deseando alejarlo, accedió á su pedido, dándole
el mando de todas las tropas de que disponía,
sin pensar que propendría á su ruina, aumen-
tando las fuerzas de Rosas. Este una vez jefe
del ejército, promovió una revolución en Buenos
Aires, quien impotente y vencida, lo llamó al
poder, del que se hizo cargo, como dictador
absoluto, esto es: con toda la suma del poder
público.
Fué su primera víctima el gobernador general
20
MONTEVIDEO
Juan Ramón Balcarce, hombre distinguido de la
guerra de la Independencia, y distinguido tam-
bién entre los jefes del partido federal, del que
Rosas se decía el sostén. Noble de corazón y
de una fé ardientlsima en los destinos de la pa-
tria, creía puras las intenciones de Rosas, por lo
que lo acompañaba, con sus simpatías; pero
apesar de esto, murió proscrito y cuando su ca-
dáver, volvió á la patria, la familia no pudo, por
prohibición de Rosas, rendirle, no solamente las
honras públicas de un gobernador, sino que ni
siquiera, las estreñías manifestaciones debidas al
ciudadano.
El verdadero poder de Rosas, tuvo principio
en 1833. Los instintos crueles, que le proporcio-
naron mas tarde, una celebridad de sangre, no
mostráronse completamente en los primeros
tiempos de su gobierno, si se prescinde del fusi-
lamiento del mayor Montero y de los prisioneros
de San Nicolás.
No es posible sin embargo, pasar por alto,
algunas muertes misteriosas é inesperadas, que
la historia registra en letras de sangre, en el
libro de las naciones. Efectivamente desapare-
cieron, entre otros, dos jefes de campaña, de
quienes Rosas temía, y en aquellos días, morían
también Arbolito y Molina, tal vez de igual modo
que morían los dos Cónsules que acompañaban
á Octavio en la batalla de Azio.
Ó UNA NUEVA TROYA
31
Ahora nos es necesario hacer mas íntimo co-
nocimiento con Rosas, ya dictador, pues hasta
aquí apénas ha tocado los dinteles del poder,
de que no se desprenderá jamás.
En el 1833 Rosas tiene treinta y cinco años,
es de aspecto europeo, de crespos cabellos, cútis
blanco, ojos azules, y usa únicamente patilla,
afeitada á la altura de la boca; dulce mirada,
que no es posible juzgar, pues la fija general-
mente en tierra, aún hablando con amigos, que
considera siempre enemigos; dulce la voz, é
insinuante la palabra; de ánimo altanero y fe-
rozmente astuto, inclinado preferentemente, á la
burla, ántes de tener que pensar en cosas mas
sérias.
Como se verá por los dos ejemplos siguientes,
sus bromas eran brutales, como su carácter,
que unía la astucia á la ferocidad.
Una tarde habiendo invitado á un amigo á co-
mer, escondió todo él vino, destinado para la
comida, dejando únicamente sobre la mesa,
una botella de aquel Leroy, á cuya fama no le
falta, sino haber nacido en tiempo de Moliére;
el amigo habiendo probado el licor y encontrán-
dolo bastante bueno, concluyó la botella mientras
comía, en tanto que Rosas no tomó sino agua;
horas después el amigo se encontraba sériamen-
te indispuesto, de lo que Rosas se rió mucho, y
32
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«i aqüel se hubiera muerto, habría Rosas reido
muchísimo mas.
Era su pasatiempo, cuando lo visitaba en la
campaña algún pueblero, obligarlo á montar un
caballo de los mas potros, y su alegría era mayor,
cuanto mayor era el golpe recibido por el caba-
llero.
En el gobierno despnes, entre los mas difíciles
asuntos, eran sus consejeros los charlatanes y
bufones.
Durante el asedio de Buenos Aires en 1829,
tenía cuatro de estos infelices, á quien llamaba
monjes, y de los que por su privada autoridad,
se decía prior, y á quienes designaba por los
nombres de fray Biguá fray Chajá, fray Lechu-
za y fray Biscacha. Gustaba Rosas inmensamente
de los dulces de los que tenía en cantidad en
su tienda, y á los que eran también muy afectos,
sus falsos frailes, por lo que con tinuam ente se
notaban desapariciones; Rosas entónces llamaba
en confesión á sus hermanos de órden, quienes
sabiendo el premio, que á la mentira esperaba,
confesaban la sustracción, por ib que era el reo
despojado de sus ropas, y castigado con vari
varazos, propinados por sus compañeros.
A Rosas, un día de fiesta se le ocurrió ’
con su mulato Eusebio, (que en Buenos
todos conocen), lo que madama Dubarry,
6 UNA NUEVA TROYA
33
en Lucienne, con su negro Zamore, y Eusebio,
en lugar de su señor y con las ropas de gober-
nador, recibía los homenajes de las autoridades.
Fué víctima otra vez el mismo Eusebio de una
broma terrible, como solo á Rosas se le podía
ocurrir; llamándolo, lo acusó de ser jeíe de una
conspiración, con el objeto de asesinarlo, y ape-
sar de las protestas del mulato fué arrestado y
enjuiciado; los jueces á quienes bastaba la acu-
sación de Rosas, sin tomarse el trabajo de es-
tablecer la verdadera culpabilidad, condenaron
á Eusebio á la última pena; preparándose éste,
se confesó y fué conducido al lugar del suplicio,
medio muerto de terror, y donde ya lo esperaba,
el verdugo y sus satélites. En aquellos momen-
tos y como por encanto, aparece Rosas y dice
al desgraciado, que lo indultaba, porque su hija
Manuelita, locamente enamorada, lo deseaba
por esposo.
Manuelita actualmente tiene de 28 á 30 años,
y si no puede llamarse una beldad, puede de-
cirse, sin embargo, que es una interesante per-
sona, de figura distinguida y de tacto profundo.
Como hija de Rosas ha sido calumniada, su-
poniéndola heredera de los feroces instintos del
padre, olvidada del amor filial, como aquellas
hijas de los emperadores romanos, por un cariño
mas tierno, y menos cristiano; nada mas falso;
3
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Manuelita ha permanecido soltera por varias
razones : Rosas muchas veces siente la necesi-
dad de ser amado, y sabe, que lo único sincero
con que puede contar, es con el cariño de su hija;
por otra parte, ningún miembro pudiente de la
sociedad de Buenos Aires pretendió ingresar en
la familia del dictador; en fin es digno de notarse
también, que Rosas, en sus sueños de predomi-
nio, vé el porvenir de Manuelita, lleno de pre-
tendientes á su mano, mas aristocráticos, que lo
que es posible pretender en estos momentos.
Manuelita no es cruel, pues al contrario, según
opinión de muchos, es un freno al carácter
irrascible del padre. Niña aún, satisfacía sus
deseos, por medio estrañísimo. Despojando casi
de todas sus ropas al mulato Eusebio, ordenaba,
le pusieran la montura y las riendas, como á un
caballo, y ajustando después á sus pequeñísimos
piés, las espuelas del gaucho, lo montaba, y esta
amazona estraña, sobre aquel bucéfalo humano,
se presentaba á Rosas, quien siendo de la ocur-
rencia de la joven, le acordaba la gracia solicita-
da. En la actualMfed, que tal medio no produce
el antiguo efecto, mima y abraza á su padre,
de quien ha estudiado el corazón, conociendo
por esto, sus mas recónditos sentimientos, con-
siguiendo así que acceda á sus pedidos; por
lo que nosotros osaremos aquí casi aseverar.
Ó UNA NUEVA TROYA
35
que si es cierta la intimidad criminal que les
suponen, es no solo escusable á los ojos de Dios,
sino que también, podremos considerarla, hasta
cierto punto, como una virtud.
Manuelita.es la reina y al mismo tiempo la
esclava del hogar doméstico; ella gobierna la
casa, rodea á su padre de solícitos cuidados,
y es la encargada de todas las relaciones diplo-
máticas, por lo que puede decirse el verdadero
Ministro de Relaciones Exteriores; y en efecto
por su tertulia, debe el Agente extranjero hacer
su diplomática entrada acerca de Rosas. En
sociedad Manuela, se muestra entusiasta del
padre, y sin hacerse sospechosa, se ajusta á las
instrucciones del dictador; con las gracias de
la juventud, con la poca importancia política,
que suele darse, á lo que dice una boca sonrien-
te, y con sus lindos ojos, seduce al extranjero
de tal manera, de lo que difícilmente puede él
apercibirse.
En fin al par que Rosas es un ser excepcional,
alejado de la sociedad, Manuelita es una extraña
criatura, que impenetrable para todos, pasa su
vida, solitaria léjos del amor de los hombres,
y de las simpatías de las mujeres. ¡ Infeliz ! solo
ella sabe lo que sufre, y cuantas lágrimas derra-
ma, cuando postrada ante Dios, le dá cuenta
entera de todas sus desventuras.
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Rosas tiene además un hijo de nombre Jnan,
y que no tiene ninguna influencia en el sistema
político del padre. Es un joven de vulgar aspec-
to. menor uno ó dos años que Manuelita, prima-
do de nombre, puede decirse que no tendrá otro
que aquel que se obtiene por amores triviales y
corrompidas costumbres.
Ó UNA NUEVA TROYA
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CAPITULO II
Llegado al máximun del poder, Rosas resuelve
la destrucción de la Federación. López autor
de ésta, enfermo, viene por invitación del dicta-
dor á Buenos Aires, donde muere envenenado.
Quiroga jefe de la Federación, ileso milagrosa-
mente en veinte sangrientos combates, y cuyo
coraje y suerte, son proverbiales, muere asesi-
nado. Cullen, sostén de la Federación, Goberna-
dor de Santa Fé, por una revolución suscitada
por Rosas, cae en las manos del Gobernador de
Santiago y muere fusilado. Cuanto había de mas
notable en el partido federal, corre la misma
suerte, en mayor cantidad aún, que en Italia,
cuando el dominio de los Borjias; y poco á poco
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Rosas adoptando las mismas prácticas que Ale-
jandro Yí y su hijo César, concluye por dominar
la República Argentina, la cual, si bien reducida
á la mas perfecta unidad, continúa con el nombre
engañoso de Federación.
Ahora es necesario dar algunos detalles de los
personajes que acabamos de nombrar, evocando
un instante sus acusadores fantasmas, tanto
mas, habiendo en todos estos hombres, una tal
cual primitiva rusticidad, que merece tratarse
especialmente. Y para comenzar por el general
López, una sola anécdota, nos dará idea no tan
solamente de él, sino también de los hombres,
con que alternaba. Gobernaba en Santa Fé y
tenía en Entre Ríos un enemigo personal, el
coronel Obando, quien después de una revuelta,
le fue traido prisionero, en momento de encon-
trarse en la mesa; lo recibió muy finamente y lo
invitó á acompañarlo, estableciéndose entre am-
bos una cordialidad, como entre dos invitados,
en los cuales, la igualdad de fortuna y gerarquía,
ordénala mas perfecta gentileza; sino que á poco
conversar López interrumpiéndose, — coronel,
dijo, ¿si yo hubiere caído en vuestro poder, co-
mo vos en el mío, y esto hubiese sucedido á la
hora de comer, qué hubieseis hecho? — Yo os ha-
bría invitado á sentaros á mi mesa.— Sí, ¿pero
después de la comida ? — Os habría hecho fusilar.
Ó UNA NUEVA TROYA
39
— Estoy satisfecho, de que tal idea, haya venido
á vuestra imaginación, porque precisamente es
la mía, vos sereis fusilado, en levantándonos de
la mesa. — ¿ Debo levantarme ahora ó proseguir
comiendo ? — ¡oh ! continuad coronel , no hay
tanta urgencia.
Prosiguieron pues, tomaron el café y los lico-
res, y dijo Obando: creo que ha llegado el mo-
mento. Os doy las gracias respondió López, por
no haber esperado, á que yo os lo recordase, y
llamando á un soldado, ¿la compañía está for-
mada? preguntó. Sí, mi general, respondió aquel.
Entonces dirigiéndose á Obando, adiós coronel,
le dijo. Adiós respondió, no es larga la vida, en
guerras como las nuestras, y saludando, des-
apareció. Cinco minutos después, una descarga,
á la puerta de López, le anunciaba que el coronel
Obando, no existía ya.
En cuanto á Quiroga, él era un hombre de la
campaña, lo mismo que Rosas. Al principio
sargento en el ejército español, se retiraba des-
pués á la Rioja, su país natal. Hecho por internas
discordias, señor del país, apénas ejerció la
suma del poder, se entregó ampliamente á la
lucha, entre las distintas fracciones de la Repú-
blica, debido á lo cual, empezó, á resonar su
nombre en la América entera.
En el espacio de un año, llegó á ser la espada
MONTEVIDEO
40
mas importante del partido federal, nadie pudo
á la par de él obtener mas felices sucesos con su
solo valor personal, tanto que puede decirse,
que realmente el prestigio de su nombre, suplie-
re á un ejército. Cuando aglomerados en el calor
de la pelea, los mayores peligros á su alrededor,
oíase su potente grito de guerra, y cuando em-
puñaba su arma predilecta, la larga lanza, ponía
en fuga á sus mas valerosos enemigos.
Quiroga, mas que cruel, era feroz, pero de
una ferocidad, magnánima, generosa, dg una
ferocidad, no de tigre, pero sí de león.
Efectivamente el coronel Pringles, su declara-
do enemigo, es hecho prisionero y mas tarde
asesinado. El matador á las órdenes de Quiroga,
con la esperanza de un premio, se apresura á
narrarle á su jefe, el delito, y es fusilado.
Otra vez, sus soldados, que conservaban me-
moria délo acaecido, le presentaron dos oficiales
enemigos, hechos prisioneros. Invitados á de-
sertar sus propias banderas, uno rehusó y el
otro aceptó.
Bueno, dice á este último, Quiroga, á caballo
vamos á ver fusilar á vuestro compañero; él obe-
deció y por el camino embromaba con Quiroga,
de quien ya se creía, ayudante de campo; mien-
tras que en medio á los soldados, el pobre
condenado, iba tranquilamente á la muerte.
Ó UNA NUEVA TROYA
41
Llegados al sitio elegido, Quiroga obligó al oficial
que se negó á la traición, á ponerse de rodillas,
y una vez obedecido, dice al oficial que ya se
tenía por muerto: levantaos sois un valiente,
tomad el caballo del señor y partid, — y con
la mano señalaba el caballo del renegado. — ¿Y
yo? preguntaba este.
Tú ya no tienes profesión, porque estás pró-
ximo á morir; y nada influyeron sus ruegos y
lo del compañero, pues momentos después era
cadáver.
La gloria de batir á Quiroga estaba reservada
al general Paz, al Fabio americano, hombre
por virtud é integridad, justísimo.
Dos veces destruyó las fuerzas á Quiroga, en
la Tablada y Ocantivo, pero hecho prisionero
porlacaida del caballo, á cien pasos de su gente,
Quiroga oponiendo á la táctica y estrategia, de
estas entónces nacientes Repúblicas, un indó-
mito coraje y una voluntad de fierro, fué inven-
cible.
Concluida la guerra entre federales y unitarios,
quiso Quiroga, visitar las provincias del interior;
y al regreso atacado en Barraca Yaco por un
grupo de treinta asesinos, una bala que atravesó
el carruaje, donde se encontraba, lo hirió en el
pecho; pero apesar de estar herido mortalmente,
pálido y derramando abundante sangre, pudo
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levantarse y abrir la portezuela. A la vista del
héroe, en pié y casi cadáver, los asesinos huye-
ron, pero Santos Perez, jefe de éstos, poniéndo-
sele delante á Quiroga, que le abrazaba las ro-
dillas, y le miraba á la cara, la último, mientras
los demás asesinos, regresaban á cerciorarse
del hecho. Fueron los hermanos Reynafé, que
gobernaban en Córdoba, de acuerdo con Rosas,
quienes ordenaron este asesinato, pero éste
rehusó toda participación, después de consuma-
do, y para aparecer como verdadero inocente,
hizo arrestar, condenar y fusilar á sus cómplices,
los hermanos Reynafé.
Pasemos á Cullen. Español de origen, resi-
dente en Santa Fé, donde ligado á López por una
íntima amistad, fue su ministro y su consejero.
La influencia que adquirió en la República
Argentina de 1820 á 1833, época de su muerte,
lo hizo hombre de alta importancia.
Las espléndidas atenciones, que dispensó á
Rosas, cuando proscripto, en los días de las des-
gracias, se refugió en Santa Fé, no sirvieron
para borrar de la mente del futuro dictador, que
que Cullen pretendía traer nuevamente á la Re-
pública Argentina, al imperio de la ley; supo sin
embargo, protestando eterna amistad, ocultar
sus crueles proyectos. Llamado Cullen después
de la muerte de López, al gobierno de Santa Fé,
Ó UNA NUEVA TROYA
43
se entregó con todo empeño, á mejorar la Pro-
vincia, y léjos de declararse enemigo del bloqueo
francés, demostraba sus simpatías por la Fran-
cia, como considerándola palanca de la civiliza-
ción, que tanto anhelaba.
Rosas entóneos con el apoyo y concurso de las
tropas, le suscitó una revolución, en la que ven-
cido Cullen, fué obligado á refugiarse cerca de
Ibarra, su amigo y gobernador de la Provincia
de Santiago del Estero. Declarado Cullen salvaje
unitario, se iniciaron por parte de Rosas, para
que le fuera entregado, negociaciones, pero por
mucho tiempo, sin ningún resultado. Cullen por
su parte permanecía tranquilo atenido al jura-
mento de Ibarra, cuando inesperadamente sus
soldados, lo prendieron, y se lo remitieron á Ro-
sas, quien esperando la llegada, ordenaba fuere
fusilado á mitad del camino, porque (escribía al
nuevo gobernador de Santa Fé) «su mas acabado
proceso, son sus numerosos delitos.»
Cullen tenía gentiles maneras y corazón no-
bles. La influencia que ejerció sobre López fue
siempre inclinada al perdón, y es suya la gloria,
si el general López, á pesar de los pedidos de
Rosas, no condenó al último suplicio, á alguno
de los prisioneros, hechos en la campaña de
1831, que puso bajo sus manos á los jefes mas
importantes del partido unitario. De frívola ins-
44
MONTEVIDEO
tracción, de mediocre talento, tenía sin embargo
el aspecto de un hombre eminentemente civili-
zado.
Por tales medios desaparecidos, los héroes
del partido federal. Rosas pobre de toda gloria
militar, concluyó por ser el único hombre impor-
tante de la República Argentina, y el absoluto
señor de Buenos Aires, una vez en sus manos
el poder, comenzaron las venganzas, contra las
clases elevadas, que no tuvieron para él mas
que desprecio. Gozaba mostrarse entre los hom-
bres mas aristocráticos y elegantes, abandona-
damente vestido, y de chaqueta. A los bailes
presididos, por su mujer y su hija, y á los cuales
no intervenían mas que carreteros, carniceros,
y la mas vil gentuza, se le veía iniciar la fiesta
bailando con una esclava, mientras que la hija
lo hacía con un gaucho. Ni aquí se detuvo su
odio contra la noble eiudad.
Proclamado el principio: quien no está con-
migo , está en contra mia , era seguro, que quien
no le fuese simpático, era calificado de salvaje
unitario , lo que bastaba á que desapareciese
todo derecho á la libertad, á la propiedad, á la
vida, á el honor. A secundar prácticamente es-
tas teorías, tuvo vida bajo los auspicios de Ro-
sas, la famosa sociedad de laMazhorca, (nombre
que suena á Todavía -Horca), compuesta de
Ó UNA NUEVA TROYA
45
hombres de los mas abyectos, ladrones y ase-
sinos.
A ésta estaban afiliados, por disposición supe-
rior, el jefe de policía, los jueces de paz, todos,
en fin, los encargados del órden público, de tal
manera, que cuando un ciudadano, amenazado
en su casa, de saqueo ó muerte, por los miem-
bros, de la sociedad, solicitaba el amparo de las
autoridades, eran inútiles todos los reclamos,
pues ninguna se preocupaba de impedir tales
violencias; y aún cuando fuesen consumadas,
en pleno día, ó en absoluta noche, era una fata-
lidad, que había que soportar resignadamente.
Prueba al caso: en aquellos días, era moda entre
los elegantes de Buenos Aires, usar la barba
cerrada, pero con el pretesto, de que tenía la apa-
riencia de una U, y parecía decir unitario, la
mazhorca, arrestando á aquellos infelices yprévia-
mente munida de poco cortantes cuchillos, pro-
cedía á desprenderles las barbas, las que caían
adherida á pedazos de carné; abaldonando en
seguida las víctimas, á la hez mas degradada del
pueblo, que alegre espectadora, prolongaba el
sanguinario espectáculo, hasta ultimarla. Usaban
en aquella época, las mujeres del pueblo, atarse
el cabello, una cinta punzó, en forma de moflo;
un día la sociedad congregada en la puerta de la
iglesia mayor, esperaba á las mujeres que se
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MONTEVIDEO
presentaban sin aquel distintivo, y se lo aplicaban
brutalmente, adhiriéndoselo, con alquitrán hir-
viendo. El uso de un vestido, un pañuelo, una
cinta, de color azul ó verde, considerábase tal
delito, que la que lo llevaba, era despojada de
todas sus ropas, y castigada en la vía pública.
Ni el ingenio, ni la fama, ni la fortuna, eran sufi-
ciente escudo, para salvar, de vejámenes á la
sociedad de Buenos Aires, un simple indicio,
una delación, etc., era causa suficiente, para
hacer á cualquiera, acreedor, á toda clase de
atropellos. Mientras los hombres mas distingui-
dos, de la alta clase, blancos de la venganza de
Rosas, caían víctimas de prepotentes violencias,
eran á centenares, conducidos á las cárceles,
todos los otros ciudadanos, que no tuviesen opi-
niones en armonía, con aquellos del dictador ó
combatiesen las miras de su futura política. Igno-
rada de todos y hasta de Rosas, que lo ordenaba,
la causa del arresto, era sin embargo declarado
inútil el enjuiciamiento; aéí los numerosos y no
interrumpidos fusilamientos, iban dejando local,
para alojar nuevos prisioneros. Las tinieblas
protegían al delito, y la ciudad despertaba horro-
rizada, al oir las detonaciones nocturnas, que la
devastaba. Al siguiente día los carros de la po-
licía, recogían tranquilamente, los cuerpos de
los asesinados por las calles, y los de los fusila-
Ó UNA NUEVA TROYA 47
dos, en las cárceles, para ser arrastrados todos
aquellos cadáveres anónimos, á un osario común,
negándoles á sus deudos, hasta el cumplimiento,
de los últimos y supremos deberes. Estas esce-
nas de sangre, tenían lugar, entre el saqueo y
las carcajadas atroces de los carreteros, quienes
separando las cabezas de los troncos y colocán-
dolas en cestas, las ofrecían al pueblo (que
cerrando las casas huía horrorizado), gritando
al uso de los vendedores de fruta: ¡ aquí ván los
ricos duraznos ! — ¿ quién compra duraznos uni-
tarios?
Vino en aquella época nefasta, aparejado el
interés á la barbarie, la confiscación á la muerte:
desde entónces, sobre la ruina de los antiguos
propietarios de Buenos Aires, se alzaron las
rápidas y deshonestas riquezas de los actuales
partidarios de Rosas. Llegó éste á un colmo de
ferocidad tal que superó en mucho á la fértil
imaginación de Nerón y de Domiciano; las leyes
se escarnecieron y podemos garantir que casi
todas las familias, tienen en Buenos Aires cuando
ménos un deudo á quien llorar.
Pero verdaderos avances, se cometían, con los
extranjeros, y principalmente, con los franceses,
contra los cuales Rosas, hacía toda^clase de in-
i
famias, por lo que la reconocida paciencia de
Luis Felipe, llegó á sus límites, y originó, el
establecimiento del primer bloqueo francés.
48
MONTEVIDEO
Sumamente perseguidas, las altas clases de la
sociedad, resolvieron emigrar de Buebos Aires,
volviendo sus miradas al Estado Oriental, á don-
de casi toda la proscripta ciudad, fué á buscar
un refugio; debido á lo que la policía de Rosas,
desplegó todo su rigor, castigando, con la pena
de muerte, la inmigración; y apercibida de que
apesar, de tan bárbara pena, no conseguían con-
tenerla, se resolvió, aparejar al último suplicio,
los tormentos mas atroces. Pero apesar de todo,
el odio y el terror inspirado por Rosas, era mas
fuerte, que el temor que inspiraban sus castigos,
causa, por lo que la emigración, en vez de dis-
minuir, crecía por días.
Para la fuga de una entera familia, era su-
ficiente un lanchón, donde se embarcaba, en el
mayor desórden, y á la desesperada, padre,
madre, hijos, hermanos y hermanas, abando-
nando cada uno sus recursos, se dirigían al Es-
tado Oriental, y á donde arrivaban teniendo por
única riqueza, los vestidos que llevaban puestos.
¡Nadie, tuvo que arrepentirse, de haber esperado
hospitalidad del noble pueblo Oriental! — pues
ésta fué grande y generosa, digna de una antigua
República, y como la que el pueblo argentino
debía esperar, de amigos, ó mejor dicho de
hermanos, que tantas veces habían combatido
bajo las mismas banderas, contra los ingleses,
Ó UNA NUEVA TROYA
49
los españoles y lo§ brasileros, enemigos comu-
nes y extranjeros, aunque mucho ménos crueles
que el tirano de quien huían, aunque hijo de su
misma tierra.
Los argentinos llegaban en cantidad, y apé-
nas pisaban tierra, eran generosamente atendí- '
dos, por los habitantes, como mejor podían,
según sus medios de fortuna, y la amplitud de
sus habitaciones; de nada entonces carecían los
infelices, pero para no ser demasiado gravosos,
á sus nobles protectores, y para poder socorrer
á su vez á los nuevos emigrados, se entrega-
ban inmediatamente al trabajo; á tal punto, que
los hombres mas habituados á comodidades,
se doblegaban á las mas humildes profesiones,
dándoles ellos mas lustre, cuanto mas alto era
el rango social á que pertenecían; de tal manera,
que los nombres mas célebres de la República
Argentina brillaron en la emigración; en primera
línea, Lavalle, la valerosa espada de su ejército;
Florencio Varela, su mayor ingenio; Agüero,
uno de los primeros hombres de estado; Eche-
verría, el Lamartine del Plata; Vega, el Bayardo
de los soldados de los Andes; Gutiérrez, el feliz
cantor de las glorias nacionales; Alsina, el gran
abogado, y el ilustre ciudadano. Entre los mas
pudientes propietarios; Saenz Valiente, Molino
Torres, Ramos Mejía. Y también Rodríguez, el
so
MONTEVIDEO
viejo general de las luchaste la Independencia,
y del ejército unitario, y Olazábal, uno entre los
héroes de aquel ejército de los Andes, del que
Vega, como decimos, era el Bayardo.
Objeto de la crueldad de Rosas, era tanto el
unitario, como el federal, y todo lo que podía ser
un obstáculo para su dictadura. Y actualmente
débese á la hospitalidad dispensada á sus
enemigos, el odio inmenso que Rosas nutre
por el Estado Oriental.
En la época á que nos referimos, era cabeza
de la República, el general Fructuoso Rivera,
hombre de la campaña, lo mismo que Rosas y
Quiroga, difiriendo del primero, por sus tenden-
cias á la civilización.
Como hombre de guerra, y como jefe de parti-
do, no tiene quien se le asemeje, en valor y en
generosidad. Desde hacen 30 años que toma
parte, en todas las conmociones políticas de su
país, ha sido siempre el primero en correr á las
armas, cuando ha habido necesidad de comba-
tir al extranjero.
Cuando la revolución contra la España, él
se desprendió de toda su fortuna, siendo para
Rivera, el dar, irresistible necesidad, pues mas
que generoso, él es pródigo.
Y en recompensa Dios, lo ha acompañado en
su carrera. Gentil caballero, (en el sentido de la
Ó UNA NUEVA TROYA
51
palabra española, que comprende al soldado y
al hidalgo), de trigueño color, de alta figura, de
mirada aguda, de corteses maneras, seduce á
sus oyentes, con una contracción agradable del
rostro, que le es peculiar; por tales cualidades, fué
el hombre mas popular del Estado Oriental; pe-
ro, sin embargo, es necesario decirlo, no hubo,
quien peor que él administrase las finanzas de
un pueblo.
Como la propia, despilfarró la fortuna del
país, no para si propio, pero sí, porque hombre
público, conservaba el modo de ser, del hombre
privado. Pero en la época á que nos referimos,
no había aún aparecido tal desarreglo financie-
ro. Rivera, en los principios de su presidencia,
se circundó de los hombres notables del país.
Obes, Herrera, Vázquez, Álvarez, Ellauri, Ltiis
Eduardo Perez, lo acompañaban en el gobierno
de la cosa pública, y con estos, no podía aquel
bello país, sino seguir por la senda del progreso,
de la libertad y del incremento. Obes, uno de los
mayores amigos de Rivera, tenía un carácter
antiguo; su patriotismo, su talento y su profunda
instrucción, lo hacia distinguir entre los grandes
americanos. Murió proscripto, víctima entre
los primeros, del sistema de Rosas, en el Esta-
do Oriental.
Luis Eduardo Perez, el Arístides del Estado
52
MONTEVIDEO
Oriental, republicano severo, ardiente patriota,
consagró su larga vida á la virtud, á la libertad,
y á la patria.
Vázquez, hombre de talento y de sólida instruc-
ción, hizo sus primeras armas en el asedio de
Montevideo contra la España, y concluyó sus
días en el sitio actual, habiendo siempre mere-
cido bien de la patria.
Herrera, Alvarez y Ellauri, pertenecen como
valerosos guerreros, no solamente al Estado
Oriental, sino también á la entera causa ameri-
cana, y sus nombres serán por siempre saeros á
la tierra de Colón que desde el Cabo de Hornos,
se estiende hasta Estrecho de Barrow. Ahora
bien, un gobierno formado por hombres de tan
gloriosos antecedentes, tenía que estar forzosa-
mente acompañado por la simpatía nacional,
cuando le llegó la hora de combatir á visera
levantada, el sistema nefasto de Rosas. Así,
mientras el pueblo socorría compasivo á tantos
infelices, el gobierno escogía entre los mas va-
lientes de aquéllos, y ocupaba á los guerreros
argentinos, declarados traidores por Rosas,
honorándolos de todas maneras con atenciones
y respeto; á lo que ayudaba potentemente la
prensa, que libre en el Estado Oriental, sacaba
á luz los delitos de Rosas, señalándolos á la
execración universal.
Ó UNA NUEVA TROYA
53
Fácilmente se comprende, porque los de-
seos de venganza de Rosas, se fijaron en la
persona de Rivera, el primero entre sus ene-
migos como también sobre el país que él go-
bernaba; pero fuerte en alimenmentarla, era
sin embargo, impotente para ponerla en prác-
tica. Se limitó entonces á una guerra sorda,
favoreciendo de todas maneras la revolución
de 1832, contra Rivera, y fracasada ésta, no
se dió todavía por vencido. La presidencia
de Rivera concluía en 1834, sucedíale el ge-
neral Manuel Oribe, por la influencia del mis-
mo Rivera que veía en aquél un amigo, al propio
tiempo que un continuador de su sistema, y á
quien había hecho poco ántes general y Ministro
de la Guerra.
Oribe pertenece á una distinguida familia del
país, por cuya defensa combatió como héroe,
después de 1811; es de poco espíritu y corta
inteligencia, y la prueba mas acabada de tal
aserto, está en la alianza de Rosas, que él abrazó
con tanto entusiasmo, alianza que trajo la ruina
de aquella independencia, por la que tantas ve-
ces luchó. Como militar, es de ninguna capa-
cidad, sus violentas pasiones lo hacen cruel,
mientras que como privado es hombre de bien;
como administrador fué mejor que Rivera; pero
sobre él pesa la ruina del Estado Oriental, olvi-
54
MONTEVIDEO
dando que para ser jefe de partido, no es sufi-
ciente quererlo; desdeñó unirse á la causa nacio-
nal que tenia por jefe á Rivera y queriendo obrar
por su cuenta, infundió desconfianza y sospe-
chas, por lo que se vió obligado á echarse
en los brazos de Rosas. El país se apercibió
de la guerra que el gobierno de Oribe hacía
á la emigración argentina, y como fuerte era
el odio que le inspiraba el sistema de Rosas,
se unió á Rivera, cuando él en 1836 se puso al
frente de una revolución contra Oribe. Este sin
embargo sostenido por el ejército que le perma-
neció fiel y por la ayuda de Rosas, pudó hasta
el 1838, contener el peligro que lo amenazaba por
todos lados. Es necesario, en este punto, rectifi-
car un error muy generalizado; se cree comun-
mente, que á la influencia de los franceses débase
la calda de Oribe, mientras que es lo cierto, que
tuvo únicamente por enemigos á los orientales.
Su poder fué destruido en la batalla del Palmar,
donde entre sus adversarios no se contaba un
solo extranjero, en tanto que él caía en medio á
ellos; y es terminante prueba, haberse encontrado
después de la capitulación de Paysandú, un entero
batallón argentino en aquella ciudad; y son ex-
tranjeros los argentinos actualmente en el Esta-
do Oriental, lo mismo que los hombres de Chile
ó de la Inglaterra. Oribe renunció el poder ofi-
Ó UNA NUEVA TROYA
55
cialmente delante á las cámaras, pidiéndoles á
las mismas, el permiso para abandonar el país.
Esto consumado, Rosas lo induce á protestar
contra tal renuncia y cosa inaudita en América, él
lo reconoció por jefe del gobierno de un país, á
ámbos prohibido. Se rió mucho en Montevideo
de esta locura del dictador, en tanto que se pre-
paraba á cambiar la risa por el llanto; y fué
consecuencia natural la guerra entre las dos
naciones que dura desde el afio 1838. Hecho
cargo nuevamente del poder Rivera, apoyó con
todos sus elementos el bloqueo francés, y ob-
tuvo socorros de hombres y de dinero para
combatir al enemigo común.
En tales dificultades habría Rosas fácilmente
inclinado el ánimo á las exigencias europeas,
cuando la llegada del almirante Mackau en 1840,
dió lugar al tratado que lleva su nombre, por lo
que se entonó la potencia de Rosas, que ya tendía
á desaparecer, quedándole por único adversario
la República Oriental. Así se combatió diversa-
mente hasta 1842, cuando al ejército oriental le
tocó la derrota del Arroyo Grande. En el mismo
espacio de tiempo, una gran parte de la Repú-
blica Argentina, fiada en el poder de la Fran-
cia, érase levantada en armas en contra de
Rosas, en guerra heroica y nacional. Pero esta
lucha desigual había aumentado el número de
66
MONTEVIDEO
los patriotas argentinos, mártires de la crueldad
del dictador. Mientras tanto, una vez perdida
la batalla del Arroyo Grande, el ejército de Ro-
sas fuerte de 14,000 hombres, se lanzó sobre el
Estado Oriental. A este torrente, servía única-
mente de obstáculo 600 soldados, á las órdenes
del general Medina, y 1,200 reclutas al mando
del general Pacheco y Obes, (entonces coro-
nel), quienes reuniéndose bajo el fuego de las
avanzadas enemigas, eligieron por general en
jefe á Rivera, á quien se le agregaron 4 ó 5 mil
voluntarios, apercibidos del peligro; y entonces
se vió milagro extraordinario, 6,000 hombres,
desordenados y casi inermes, disputarles pal-
mo á palmo el terreno al ejército de Rosas;
obligados á marchar, por caminos incendiados
por el enemigo, estos heroicos defensores de la
patria, recogieron á su paso á todas las horro-
rizadas familias, y después de inmensos peli-
gros, iniciaron la retirada á Montevideo, donde
buscó un asilo, casi toda la población de la
campaña.
El l.° de Febrero de 1843, el ejército oriental,
ordenado en las afueras de Montevideo, divisó al
enemigo; pero léjos de refugiarse en la ciudad
(á quien recomendó las indefensas f amilias ), so-
licitó armas y municiones,' y se lanzó á la cam-
paña, para desde allí proveer á la guerra, diciendo
<3 UNA NUEVA TROYA
57
antes de partir, á los ciudadanos: «Defendeos
y contad con nosotros 1»
MONTEVIDEO
¡8
CAPÍTULO III
Wright, el autor del a Asedio de Montevideo »
exponiendo la situación, en la cual se encontró
la República Oriental, después de la batalla del
Arroyo Grande, concluye la lúgubre narración
con las siguientes tristes palabras:
«El sol de Diciembre, al sumergir sus rayos
en el Océano nos dejó :
Derrotados en el exterior,
Sin ejército,
Sin soldados tampoco en el interior,
Sin materiales de guerra.
Sin dinero.
Sin rentas.
Sin crédito. »
Y este cuadro no era exagerado. El general
Ó UNA NUEVA TROYA
59
Rivera, entonces Presidente de la República;,
y nosotros haciendo un juicio imparcial de él,
como de todos los personajes que hemos tratado
de describir, juicio que pertenecerá á la posteri-
dad, (porque en los juicios políticos y literarios,
la distancia equivale al tiempo, y hace el presente
imparcial, como el porvenir), nosotros hemos
dicho ya á que desgraciado estado condujo las
finanzas del país. Respecto al ejército, resentíase
de las falsas ideas que tenía sobre la guerra el
general Rivera, de las cuales daremos el origen.
Rivera había hecho sus primeras armas, bajo
las órdenes de Artigas, el cual no era un general,
sino un jefe de partido; sus batallas consistían
en sorpresas y golpes de mano. Discípulo de tal
maestro Rivera, comprendía la guerra de igual
manera, apesar de que las cuestiones y los hom-
bres habían cambiado de aspecto. Algunos
oficiales, patriotas é inteligentes, intentaron ha-
cer cambiar de táctica á Rivera, creyendo que
su manera de combatir, fuese un sistema y nó
una práctica, pero por mucho ascendiente que
tuviesen sobre él, debieron contentarse con in-
troducir con gran trabajo, pocas y aisladas me-
joras, que no sirvieron sino para poner mas de
manifiesto, lo deficiente de) sistema del general.
El ejército, por lo tanto, siguió como su jefe
lo quería: indisciplinado, sin orden, sin unidad,
60
MONTEVIDEO
verdadera tropa de aventureros como lo era en
tiempo de Artigas, de la que faltaba únicamente
aquel. Componíase de dos pequeños batallones
de infantería, formados enteramente de negros, y
de muy poca caballería que abandonaba las filas,
aún en los campamentos militares, y no corría á
agruparse alrededor de las banderas, sino en los
días de peligro. Había un considerable material
de artillería tijera, pero el personal de esta arma,
se conducía como el de la caballería; el servicio
del estado mayor, como aquel del ejército, podía
decirse nulo, habiendo también mezclados á
comandantes superiores, hombres á quienes
les sería difícil dirigir una maniobra. Las diver-
sas divisiones del ejército, confiadas á coman-
dantes generales tenían una organización militar
deficiente; en vano hubiese sido buscar en todo
el territorio de la República, un arsenal de
guerra; y como nadie se había imaginado que
el país pudiese sufrir una derrota, cuando sobre-
vino, la consideraron irreparable. Montevideo
por otra parte desde hacía tiempo, no reunía
condiciones de defensa, sus muros, habían sido
derribados el año 1833; y el gobierno que allí
residía, era compuesto de hombres débiles,
capaces de cumplir sus deberes, en circunstan-
cias ordinarias, pero incapaces de fuertes re-
soluciones en casos críticos. La situación de
6 UNA NUEVA TROYA
61
Montevideo era terrible. A la nueva de la pér-
dida de la batalla del Arroyo Grande, la
población quedó aterrada y todos los patriotas
inclinaron la cabeza, mientras que los amigos
de Oribe, esto es: los partidarios del extran-
jero, abrieron el ánimo á la esperanza, y cons-
piraron abiertamente por Rosas y por la rui-
na de la República Oriental.
Pero algunos hombres de patriotismo y de
acción, que se encontraban en Montevideo, in-
dujeron al gobierno á tomar enérgicas medidas
para la defensa de la ciudad, y fué por esto que
se creó un batallón de reserva., en el que debe-
rían servir los hombres de 14 á los 50 años, jefe
del cual se nombró al general Paz, y se decretó la
libertad de los esclavos para hacerlos también
soldados. Pero todas estas medidas tenían el
sello de la debilidad, por lo que eran des-
pojadas de toda autoridad, lo que hizo que el
gobierno se viese mal obedecido y nada respe-
tado. Del confín de la campaña, se alzó el primer
y verdadero grito de guerra contra los invasores,
y aquél partió del comandante general del depar-
tamento de Mercedes, del coronel Pacheco y
Obes.
Inmediatamente, que el desastre del Arroyo
Grande, fué conocido por el coronel Pacheco
y Obes, no siguiendo mas que los impulsos de
62
MONTEVIDEO
su patriotismo, tomó incontinente las medidas
mas enérgicas para organizar una fuerza militar;
y aún antes que el gobierno, él por su autoridad
individual, proclamó la libertad de los esclavos,
resolviendo con un simple rasgo de pluma,
esta gran cuestión que se debate desde hace un
siglo en Europa, y ante la cual se detiene hacen
ya 60 años el gobierno de los Estados Unidos.
El distrito de Mercedes, comprendía tres pe-
queñas ciudades, de dos á tres mil habitantes
cada una. Pacheco, hecha una leva en masa,
formó regimientos de ciudadanos, los armó,
los disciplinó, creó fábricas de armas, y sin otros
recursos, que aquellos que consiguió del patrio-
tismo del país, veinte días después de la batalla
del Arroyo Grande, se lanzaba á su vez al campo,
con 1,200 hombres armados y equipados, que
tuvieron el honor de cambiar con los soldados
de Rosas, los primeros tiros, que fueron dispa-
rados por la santa defensa del país; sus entusias-
tas y resueltas proclamas, su fé en el triunfo de
la causa nacional, realzaron el entusiasmo aba-
tido, y así como era claro que un hombre que
procedía de tal modo debía esperar, todos par-
ticiparon de sus esperanzas. Hé aquí pues, como
se expresa el Diario Oficial de Montevideo del 31
de Diciembre del 1842, hablando de la conducta
del coronel Pacheco y Obes.
Ó UNA NUEVA TROYA
83
«Sabemos, que ofendemos la modestia del
valeroso jefe del distrito de Mercedes, ¿pero
cómo callar, si cada día que transcurre, mués-
trase á nuestros ojos con nuevas pruebas de su
actividad, de su noble conciencia, de su alta
capacidad? El coronel Pacheco y Obes nos de-
muestra, que en las grandes circunstancias tene-
mos hombres de acción, de consejo y de gobierno,
aptos á salvar la patria.»
Así pensaban de él todos los patriotas del
Estado Oriental. Todos ansiaban un cambio de
gobierno, y la opinión pública llamaba á tomar
parte del poder al coronel Pacheco y Obes.
El general Rivera cedió á los deseos del país,
y antes de partir para el ejército, nombró un
nuevo ministerio, de quien hacía parte Pacheco
y Obes por la Guerra y Marina, Santiago Váz-
quez por Relaciones Exteriores, y Francisco
Joaquin Muñoz por Hacienda. El 3 de Febrero
de 1843 el nuevo ministerio entró á funcionar,
el que fué llamado Ministerio Pacheco y Obes,
y al que débese por las prontas medidas de los
primeros días de su existencia, la increíble de-
fensa de Montevideo. Este ministerio funcionaba
bajo la dirección del Presidente del Senado que
ejercía la Presidencia de la República en ausencia
del general Rivera. Este funcionario era don
Joaquin Suarez, uno de los mas ricos propieta-
64
MONTEVIDEO
rios del Estado Oriental, y el hombre mas hono-
rable de este pueblo, á quien ha consagrado toda
su vida. Actualmente ocupa la presidencia efecti-
va, pues ha sucedido é. Rivera, cuyo período
legal espiró el L® de Marzo de 1843.
El 16 de Febrero del mismo año, el ejército
enemigo mandado por Oribe, se presentaba
delante de Montevideo en la creencia de que
podía entrar, sin disparar un tiro, ó cuando
mas tomarla con un golpe de mano. Pero en
el tiempo transcurrido, desde su instalación, el
nuevo gobierno había hecho de Montevideo
una plaza de guerra, capaz de contener á los
vencedores del Arroyo Grande.
Todos los hombres aptos para cargar las
armas habían sido enrolados, y ninguna consi-
deración, era suficiente para alejarlos del cum-
plimiento de sus deberes. Ninguna excepción
fué admitida. El Ministro de la Guerra dictaba
los decretos, y se encargaba él mismo de hacer-
los cumplir, y todos sabían, que nada influía
para detener su voluntad de fierro. Fué en el
entonces, que se reorganizaron los batallones
de la guardia nacional, y se eligieron por co-
mandantes de estas masas improvisadas á aque-
llos hombres, hasta entónces agenos á la guerra,
y cuyos nombres son: Lorenzo Batlle, Francisco
Tajes, José María Muñoz, José Solsona, Juan
<5 UNA NUEVA TROYA
65
Andrés Gelly y Obes y Francisco Muñoz. Todos
eran negociantes ó abogados al principio del
asedio. Todos son hoy coroneles y jamás las
nobles insignias de este grado, han sido llevadas
mas noblemente. Francisco Muñoz, ha muerto.
Todos los otros casi por milagro viven todavía,
porque en todos los días de este largo asedio
han sido vistos en medio al peligro, provocar la
muerte que los respeta. Los cuerpos de línea,
al mando de los cuales figuran también hombres
nuevos, fueron reorganizados y puestos á las
órdenes de Marcelino Sosa, el Héctor de esta
Nueva Troya, de César Díaz, de Manuel Pacheco
y Obes y de Juan Antonio Lezica. Y todos estos
nombres que citamos, son ya históricos, y serían
nombres inmortales si tuviesen por cantor un
nuevo Homero.
Sosa ha muerto, y nosotros relataremos su
heroica muerte y algunas de sus hazañas que
convirtiéndolo en el terror del ejército enemigo,
le conquistaron la admiración de la ciudad sitia-
da. Presentemente, es el coronel César Díaz,
quien manda las tropas; hombre de gran ta-
lento, tiene la reputación de que todos están
contéstes, de que es el mejor táctico de infante-
ría, que se encuentra entre las dos fuerzas.
El coronel Batlle, actual Ministro de la Guerra
y de Hacienda, tiene próximamente treinta años;
«8 MONTEVIDEO
la naturaleza se le ha mostrado mas que pródiga,
pues lo ha hecho bello, valeroso, inteligente, en
fin, es uno de aquellos hombres destinados á
resplandecer en la futura historia de América;
fué él quien en 1846, con un grupo de valientes,
sorprendió las fuerzas que sitiaban á la Co-
lonia, y las obligó á levantar el asedio.
Es de admirar el valor desplegado por estas
noveles fuerzas á las que coad yugaban con to-
das sus fuerzas, y su sangre, los argentinos
refugiados en Montevideo, formados en legión
por la defensa del país, que les había dado hos-
pitalidad.
Fueron asi miaño elegidos muchos jefes ex-
tranjeros, que de tal modo representaban las
ideas de libertad y de progreso, no del todo apa-
gadas en el mundo, pero que apesar de eso, no
habían encontrado aún una nación, donde echar
profundas y duraderas raices. Entre esos jefes,
que merecerán siempre en recompensa á sus
sacrificios, la gratitud del pueblo entero, se des-
taca José GaribaldL
José Garibaldi, proscrito de la Italia, porque
había combatido por la libertad, proscrito de la
Francia, donde había pretendido luchar por la
misma causa, proscrito de Rio Grande, por
haber contribuido á la fundación de aquella Re-
pública, vino por fin á ofrecer su espada á Mon-
Ó UNA NUEVA TROYA
67
tevideo. Nosotros trataremos de hacer conocer
á nuestros contemporáneos, física y moralmente
á este hombre potente y valeroso, que jamás
nadie á podido atacar, sino con la calumnia.
Garibaldi es un hombre de 40 años, de media-
na estatura bastante proporcionada, de largos
cabellos rubios, ojos celestes, frente griega, en
una palabra, puede decirse, un tipo de verdadera
belleza, usa la barba larga, y su vestido se dis-
tingue por la ausencia de toda insignia militar.
Sus movimientos son precisos, Su voz armóni-
ca se asemeja á un canto. En su estado normal,
parece mas bien hombre de cálculo, que de
inspiración; pero si oye hablar de la independen-
cia de Italia, entonces él se conmueve como un
volcán que arroja llamas y despide lava. Jamás
fué visto llevar armas sino en la pelea, y cuando
ésta llega, desnudando la espada que primero
le viene á las manos, arroja la vaina y se lanza
contra el enemigo.
En el 1842 fué nombrado comandante de la
flotilla, sosteniendo poco después en el Paraná,
un combate desesperado contra fuerzas tres ve-
ces superiores á las suyas, pero viendo la impo-
sibilidad de resistir, hizo naufragar, no diremos
sus naves, pero sí sus lanchas, aplicándoles
fuego; y retirándose al frente de sus hombres
gl territorio de la República, presentóse entre
68 MONTEVIDEO
los primeros, para la defensa de Montevideo.
El Ministro de la Guerra, Pacheco y Obes,
adivinó la importancia del proscrito, y á es-
tos dos hombres les bastó verse, para com-
prenderse, y unirse por una estrecha y sincera
amistad, bastante rara por cierto en la época
actual.
Montevideo, sitiada por la parte de tierra, es
también bloqueada por la flotilla de Rosas. El
Ministro de la Guerra, pretende entónces orga-
nizar por mar una resistencia igual á aquella que
él ya hahía improvisado por tierra, y apesar de
que la República no dispusiese, que de pequeñí-
simos buques, ayudado sin embargo por Garibal-
di, él consiguió la realización de sus deseos.
Antes de dos meses, cuatro insignificantes lan-
chones con la bandera oriental, se hacían á la
mar y combatían la fuerza marítima de Rosas,
mandada por Brown.
Estos cuatro buques debían tener los nombres
de Suárez , Muñoz , Vázquez y Pacheco y Obes ;
pero este último cambió el nombre del suyo por
el de Libertad. Los dos mas importantes de estos
que eran Suárez y Libertad tenían cada uno dos
cañones, y los otros dos, es decir, el Muñoz y el
Vázquez, no tenían mas que uno.
Y entónces se vió el singular espectáculo de
una lucha en la cual 60 marineros, 4 lanchas y
Ó UNA NUEVA TROYA
6 piezas de cañón, llevaban el ataque & 4 grandes
buques con 100 piezas de grueso calibre y á 1,000
hombres de equipaje.
Garibaldi era el comandante y su voz bien
conocida del enemigo, se alzaba en la pelea,
ordenando la muerte, superando en mucho á sus
mismos cañones.
A quien tuviese deseos de conocer que recom-
pensas recibía Garibaldi en premio de su vida
espuesta todos los días, este hombre que los
diarios franceses, han llamado un aventurero,
y que estamos satisfechos de haber encontrado
en Roma, porque él dió con su heroica defensa,
el mayor ridículo, á aquella expedición, nosotros
lo diremos.
En 1843, don Francisco Agell, respetable ne-
gociante de Montevideo, se dirigía al coronel
Pacheco- y Obes, para darle cuenta, que en la
casa de Garibaldi, en la casa del jefe de la Legión
Italiana, del comandante de la flota nacional,
del hombre siempre pronto á derramar su propia
sangre por defender á Montevideo, no se en-
cendía de noche luz, porque en la ración del
soldado (única cosa con que contaba Garibaldi
para vivir con su familia), no estaban comprendi-
das las velas. El Ministro de la Guerra, en vista
de esto, mandó por intermedio de su edecán
José María Torres, 100 patacones á Garibaldi,
70
MONTEVIDEO
quien tomó únicamente la mitad de la suma,
restituyendo la otra, para que le fuese entregada
á una viuda, que él indicó, y que según su pare-
cer, tenía mayores necesidades.
¡ Cincuenta patacones hé ahí la única suma que
Garibaldi ha recibido de la República, en el
curso de tres años, que la defiende !
Correspondiéndole, otra vez, como parte de
botín la suma de mil patacones, el Ministro de
Hacienda, lo invitaba á retirar dicha cantidad,
recibiendo á su carta de invitación, una respues-
ta tal, como negativa; que creyó oportuno,
comunicársela á su colega, el Ministro de la
Guerra, quien como amigo de Garibaldi, se
encargó de llamarlo y convencerlo; presentándo-
se éste (con su sombrero blanco estropeado, y
los botines á pedazos) á informarse de lo que
quería el Ministro, pero apénas supo de lo que
se trataba, poco faltó para que se encolerizase
muy sériamente con su amigo, ¿insistiendo éste,
apesar de todo, para que tomase al ménos aque-
lla suma para la Legión Italiana, Garibaldi res-
pondió : *La Legión no piensa diversamente que
yó, conservad eso páralos pobres de la ciudad .»
Él conocía á fondo á los generosos proscritos
que tenía bajo sus órdenes, porque en el mismo
año, el general Rivera, donándole varias leguas
de campo y algunos millares de animales vacu-
ó UNA NUEVA TROYA
71
nos, le enviaba por intermedio del coronel don
Augusto Pozólo, los títulos de propiedad, y
consultando Garibaldi con los ojos á toda su
Legión, al frente de la cual estaba, los rompió
diciendo: «La Legión Italiana, dá su oida á
Montecideo, pero no la cambia por tierras y
ganados, ella dá su sangre en cambio de hos-
pitalidad y porque Montevideo combate por su
libertad . »
En 1844 una horrible tempestad azotaba la
rada de Montevideo; se encontraba en el puerto
una goleta, á bordo de la cual estaban varias
familias, entre ellas la del señor Carril, que se
dirigía á Rio Grande; la goleta, peligraba, pues
había perdido varias anclas, no quedándole mas
que una. Enterado del peligro Garibaldi, se lanza
al mar, en una lancha, con sus marineros, y
llevando consigo otra ancla, la goleta es salva.
El 8 de Febrero de 1846 el general Garibaldi,
al frente de 200 italianos, es sorprendido por
1,200 hombres de Rosas, mandados por el ge-
neral Servando Gómez, de los cuales 400 de
infantería. ¿Qué hace Garibaldi? Tal vez lo que
hubiese hecho el mas valeroso en tal emergen-
cia, buscar un punto aparente para parapetarse
y defenderse. Nada de esto hizo. Garibaldi y sus
200 legionarios atacaron á los 1,200 soldados
de Rosas, y después de cinco horas de combate
72
MONTEVIDEO
desesperado, la infantería destruida, la caballería
desmoralizada se retira de la lucha, y Garibaldi
y los suyos quedan dueño del campo de batalla.
Siempre el primero en las batallas, Garibaldi
lo era igualmente para endulzar los males que
trae aparejada la guerra; y si alguna vez com-
parecía en el despacho del Ministro, era para
pedir el perdón de un conspirador, ó socorros
para cualquier infeliz; y efectivamente, á los
empeños de Garibaldi, don Miguel Molina y
Haedo, condenado por las leyes de la República,
en 1844, debió la vida. En Gualeguaychú, hace
prisionero al coronel Villagra, uno de los mas
feroces jefes de Rosas, y lo pone en libertad
conjuntamente con sus compañeros. En Itapeby
pone en fuga al coronel Lavalleja, la familia del
cual queda en su poder; Garibaldi forma á esta
familia una escolta de prisioneros, y los envía al
coronel Lavalleja, con una carta toda cortesía y
generosidad.
Nosotros lo repetímos todavía una vez, en todo
el tiempo que Garibaldi estuvo en Montevideo,
vivió con su f amili a en la mas estreñía miseria.
Éi jamás tuvo ropa distinta á la de los soldados,
y muchas veces sus amigos se valieron de estra-
tagemas para obligarlo á usar un traje nuevo.
Escribid á Montevideo, señores publicistas,
que habéis tratado á Garibaldi de aventurero.
Ó UNA NUEVA TROYA
73
escribid á los hombres del gobierno, escribid
á los comerciantes, escribid á las personas del
pueblo, y os apercibiréis que jamás un hombre
fué mas umversalmente estimado y considerado
que Garibaldi, en aquella República de que vo-
sotros republicanos predicáis el abandono. Pero
es cierto, que el gobierno que ha abandonado la
causa de la Alemania por el rey Guillermo, el
Austria y la Italia por el emperador Francisco,
Ñapóles y la Sicilia por el rey Fernando, este
mismo gobierno, puede muy bien predicar el
abandono de Montevideo, y la alianza con Rosas;
pero, poned en parangón un instante á Garibaldi,
el hombre que esos escritores calumnian, en
confronto con Rosas que ellos elevan y juzgad.
Y ahora que hemos hablado detenidamente del
primero, es necesario decir lo que hacía al mis-
mo tiempo el segundo. Nosotros leemos, las
mismas comunicaciones dirigidas á Rcsas, por
sus oficiales y agentes, y no olvidamos que las
tablas de sangre, publicadas en la América del
Sud, registran diez mil asesinatos.
El general don Mariano Acha que servía en el
ejército enemigo de Rosas, defendía San Juan,
pero el 82 de Agosto de 1841 es obligado á ren-
dirse después de 48 horas de resistencia; don
José Santos Ramírez, oficial de Rosas, trasmi-
tiendo al gobernador de San Juan el parte oficial
74
MONTEVIDEO
de aquel acontecimiento, empleaba esta textual
frase : « Todo está en nuestro poder, pero con
el perdón y la garantía para todos los prisio-
neros , entre ellos se encuentra un hijo de La-
madrid .» Publicistas del Elíseo, tomad el núm.
3067 del Diario de la Tarde de Buenos Aires,
correspondiente al 22 de Octubre de 1841, y á
comparación del parte oficial de José Santos
Ramírez, que declara el perdón y la garantía
de la vida á todos los prisioneros, vosotros, po-
dréis escribir al reverso este párrafo :
Desaguadero, 22 de Setiembre de 1841.
« El supuesto salvaje unitario Mariano Acha,
ha sido degollado ayer, y su cabeza espuesta á
las miradas del público.»
Firmado: Ángel Pacheco .»
Este Ángel Facheco, es un primo del general
Pacheco y Obes, pero que sigue, como se vé,
un camino bien diferente de aquél. Vosotros
habéis leído en el parte de Santos Ramírez tam-
bién la frase: « entre ellos » (esto es, entre los
prisioneros) «se encuentra un hijo de Lama-
dridj » y bien, abrid la Gaceta Mercantil núm.
5703, del 21 Abril 1842, y encontrareis esta carta
Ó UNA NUEVA TROYA
75
escrita á don Juan Manuel Rosas, por Nazario
Benavides :
« Mira-flores en marcha, 7 Julio 1842.
«En mis despachos precedentes os he dicho
los motivos, por los cuales retenía al salvaje Ci-
ríaco Lamadrid (hijo del belludo); pero sabiendo
que este último, se había dirigido á varios jefes
de la provincia, incitándolos á la rebelión, yo he
hecho á mi llegada á la Rioja, degollar al pri-
mero, como asi mismo al salvaje unitario Ma-
nuel Julián Frías , santiagueño.
Nazario Benavidez . »
El general don Manuel Oribe, el que los
órganos de Rosas, llaman el ilustre, el virtuoso ,
ha mandado por algún tiempo el ejército de
Rosas, encargado de someter las provincias ar-
gentinas. Una de sus divisiones deshizo el 15
de Abril 1842 sobre el territorio de Santa Fé,
las fuerzas comandadas por el general don
Apóstol Martínez. Leed el boletín, del hecho de
armas, publicado en Mendoza, por que contiene
una letra firmada por el ilustre y virtuoso Oribe;
76
MONTEVIDEO
dirigida al general Aldao gobernador de la pro-
vincia:
" Del Coarte! General en las Barrancas de Coronda, ”
17 Abril 1842.
« treinta y tantos muertos y varios prisio-
neros, entre los cuales el supuesto general salvaje
Juan Apóstol Martínez, al cual le ha sido cortada
la cabeza , ha sido el resultado de este hecho
glorioso para nuestras armas federales. Yo me
congratulo de este glorioso suceso y me digo
vuestro devoto servidor.
M. Oribe.»
Y ya que tenemos en la manó, esta Gaceta
Mercantil , veamos el núm. 5903 del 20 Setiem-
bre 1842 y encontraremos un parte oficial de
Manuel Antonio Saravia, empleado en el ejército
de Oribe. Esta parte contiene una lista de diez y
siete individuos, entre los cuales un jefe de ba-
tallón, y un capitán que fueron hechos prisioneros
en Numayan y sufrieron el castigo ordinario de
la PENA DE MUERTE.
Y ya que hablamos del ilustre y virtuoso Ori-
be, proseguiremos haciéndolo; encontramos nue-
vamente su nombre en el núm. 3067 del Diario
Ó UNA NUEVA TROYA
77
de la Tarde del 22 Octubre 1841, en ocasión de
la batalla de Monte-Grande , de la que él, ha
hecho el parte; en esta relación oficial se leen
las líneas siguientes :
«Cuartel General de los Ceibales,»
14 Setiembre 1841.
« Entre los prisioneros, se encontraba el trai-
dor salvaje unitario ex-coronel Facundo Borda,
que fue fusilado en seguida de tomado , conjunta-
mente á otros sediciosos oficiales, de caballería
unos y de infantería otros.
M. Oribe.»
Un traidor hace entrega á Oribe del goberna-
dor de Tucuman, y sus oficiales; y él el ilustre ,
el virtuoso , dá aquella nueva á Rosas en estos
términos :
Cuartel General de Metan, 3 Octubre 1841.
« Los salvajes unitarios que me ha consignado
el comandante Sandoval, y que son: Márcos M.
Avellaneda, pretendido gobernador de Tucuman,
coronel J. M. Videla, capitán José Espejo y el
78
MONTEVIDEO
lugarteniente Leonardo Sosa, han sido sobre la
marc ha fusilados en la forma ordinaria á ex-
cepción de Avellaneda, que he ordenado, le
corten la cabeza, para ser expuesta á las miradas
del público en la plaza de Tucuman.
M. Oribe . »
Pero Oribe, no es el solo lugarteniente de
Posas, encargado de las ejecuciones ordenadas
por el dictador, lo es también un cierto Maza,
que los órganos de Rosas, se han olvidado de
calificar de ilustre y de virtuoso , apesar de que
merece también este doble título, como se puede
ver por la carta publicada en el núm. 5483 de la
Gaceta , de fecha 6 Diciembre 1841.
Catamarca, 29 del mes de Rosas , 1841.
A S. E. el Sr. Gobernador D. C. A. Arredondo.
« Después de dos horas de fuego, y de haber
pasado á cuchillo á toda la infantería, se puso
tam bién á la caballería en derrota, huyendo el
jefe con treinta hombres en dirección al Cerro
de Ambas te; actualmente se le persigue, y su
cabeza, será muy bien pronto puesta en la plaza
Ó UNA NUEVA TROYA
79
pública, como lo son ya los de los supuestos mi-
nistros González, Dulce y Espeche.»
Firmado: M. Masa.»
« j Viva la federación ! »
Lista nominativa de los salvajes unitarios se-
diciosos, jefes y oficiales, que han sido fusilados,
después del hecho del 29.
«Coronel Vicente Mercao.
«Comandantes: Modesto Villafañe, Juan Pe-
dro Ponce, Damasio Arias, Manuel López, Pedro
Rodriguez.
«Jefes de batallón : Manuel Rico, Santiago de
la Cruz, José Fernandez.
«Capitanes: Juan de Dios Ponce, José Salas,
Pedro Araujo, Isidoro Ponce, Pedro Barros.
«Ayudantes: Damasio Sarmiento, Eugenio
Novillo, Francisco Quinteros, Daniel Rodriguez.
« Lugarteniente: Domingo Díaz.
Firmado: M. Maza .»
Y ya que hablamos de Maza, continuemos,
después seguiremos con Rosas.
«Catamarea, 4 Noviembre 1841.»
«Ya os he escrito, que nosotros habíamos pues-
to en derrota completa al salvaje unitario Cubas,
80
MONTEVIDEO
que era perseguido, y que estarla pronto en
nuestro poder la cabeza del bandido. Y efectiva-
mente ha sido tomado en el Cerro de Ambas te,
en el propio lecho, en consecuencia, la cabeza
del indicado fascineroso Cubas, ha sido espues-
ta sobre la plaza pública de esta ciudad.
Después del hecho , se han tomado diez y nueve
oficiales que seguían á Cubas; no se les dió
cuartel, y el triunfo ha sido completo, ni siquiera
uno se ha saleado .»
Firmado: M. Maza.
Veamos de paso en el Boletín de Mendoza,
núm. 12 una frase escrita, en una carta dirigida
desde el campo de batalla del Arroyo Grande,
al gobernador Aldao por el coronel Gerónimo
Costa:
« Nosotros heñios hecho prisioneros mas de
ciento cincuenta jefes y oficiales, que fueron fusi-
lados sobre el campo de acción .»
Hemos prometido hablar de Rosas; y cumpli-
mos la palabra.
Cuando el coronel Zelallaran fué muerto, se le
llevó su cabeza á Rosas, y éste pasó tres ó cuatro
horas haciéndola rodar, y escupiendo sobre ella.
Sabe que otro coronel, compañero de armas de
aquél, está prisionero, y piensa primero hacerlo
<5 UNA N.UEVA TROYA
81
fusilar, pero después , cambia de parecer, y en
lugar de la muerte, lo condena á la tortura, y
ordena que el prisionero, durante tres días,
permanezca dos horas, mirando la mutilada
cabeza colocada sobre una mesa.
En 1833, Rosas hacía fusilar en medio de la
Plaza de San Nicolás, una parte de los prisione-
ros del ejército del general Paz, entre aquéllos, al
coronel Videla, antiguo gobernador de San Luis;
en el momento de la ejecución, el hija del con-
denado, se arroja á sus brazos; y Rosas ordena
los separen; pero el joven se resiste, por lo que
Rosas dió órden de hacer fuego sobre los dos,
y el padre y el hijo cayeron muertos, estrechados
en un abrazo supremo.
En 1832, Rosas hizo conducir áuna plaza de
Buenos Aires, ochenta indios prisioneros y en
pleno día, sobre aquella plaza, á la vista de todos
los hizo matar á golpes de bayoneta.
Camila O’Gorman, jóven de diez y ocho años,
y de una de las principales familias de Buenos
Aires, es seducida por un sacerdote de 24 años.
Abandonan los dos la ciudad refugiándose en
una pequeña aldea de Corrientes, en la cual,
diciéndose casados, abren una escuela. Corrien-
tes cae en poder de Rosas; el jóven es recono-
cido por otro sacerdote y denunciado con su
compañera á Rosas, quien ordena sean conduci-
6
MONTEVIDEO
82
dos á Buenos Aires, donde sin ningún juicio,
dispone sean fusilados.
Pero le ^visaron á Rosas que Camila O’Gor-
man estaba en cinta de ocho meses, y entonces
resuelve, que se bautizase el vientre, si querían
salvar el alma de aquella criatura, y una vez
hecho, Camila O’Gorman fue fusilada: recibien-
do tres balazos la infeliz madre en los brazos,
pues por un movimiento natural, ella parecía
querer proteger á su hijo.
Y después de todo esto, ¿por qué es que la
Francia se hace enemiga de Garibaldi y amiga
de Rosas! Por que los amigos y enemigos de la
Francia, les son impuestos por la Inglaterra.
Ó UNA NUEVA TROYA
83
/
;
CAPITULO IV
Volviendo ahora á Montevideo de quien nos
alejaron un poco Aquiles y Tersite. Recordare-
mos que ya hemos dicho, que el 3 de Febrero
de 1843, no había dinero, ni víveres, ni materia-
les de guerra en la ciudad. En aquel día el
Ministro de la Guerra, preguntaba al de Ha-
cienda, cuales eran los recursos con que se
podía contar para la organización de la defensa,
y recibía por toda respuesta, de que se podría
resistir con grandes economías hasta el vigési-
mo día.
¿Y cuánto tiempo resistieron los españoles el
primer asedio? le preguntaba de nuevo.
--Veinte y tres meses, respondía el Ministro
84
MONTEVIDEO
de Hacienda — pero se encontraban en mejor
situación qne nosotros.
Pues bien, ahora nos sostendremos por 24,
dice Pacheco y Obes; vergüenza á nosotros, si
aquello que hicieron los extranjeros por la tira-
nía, no lo podemos hacer actualmente por la
libertad.
¡ Y Montevideo resiste desde hacen siete años !
También «s cierto que el primer decreto del
Ministro de la Guerra, decía:
— La patria está en peligro!
— La sangre y el oro de los ciudadanos perte-
nece á la patria.
— Quien niegue á la patria su oro ó su sangre,
será castigado con pena de muerte.
Apesar de qne los sibaríticos hábitos de Mon-
tevideo fuesen un obstáculo á tales medidas, y
que los individuales intereses levantasen la voz,
sin embargo, todos los ciudadanos sin excepción
tuvieron que contribuir con su sangre y dinero.
El primero fue el Ministro de la Guerra, que
dió el ejemplo con su propia familia. El ejéreito
enemigo estaba á las puertas de la ciudad, y
faltaba todavía un local para establecer una
ambulancia para los heridos futuros de las ba-
tallas futuras.
El coronel Pacheco y Obes, visitando su familia
que huyendo de la campaña se había refugiado
Ó UNA NUEVA TROYA
85
en la ciudad, se apercibió que el edificio por ella
ocupado se prestaba para establecer el hospital,
y llamando á sus hermanas les anunció la nece-
sidad de abandonar la casa.
— Pero nuestra madre enferma, $ dónde la
cuidamos?
— Oh! se abrirá alguna puerta en Montevideo
para hospedar á la madre del Ministro de la
Guerra.
Y efectivamente la madre y las dos hermanas
sin hogar son recogidas, y el ejército sitiado
tiene un hospital.
Dos jóvenes primos hermanos del Ministro,
de quien eran grandes amigos, pretendieron bajo
la égida de la amistad y de la sangre eludir
el decreto, por lo que por órden del Ministro
fueron arrancados de su casa y conducidos al
ejército.
La familia del general Rivera, Presidente de la
República Oriental, había apesar de la ley reser-
vádoseá dos esclavos, creyéndose segura á la
sombra del poder y del nombre; pero el coronel
Pacheco y Obes, dirigiéndose en persona al ge-
neral Rivera, le pidió los dos esclavos y los hizo
soldados.
Don Luis Baena, comerciante y miembro dis-
tinguido de la ciudad, convicto de tener prácticas
con el enemigo, fué condenado por el tribunal
86
MONTEVIDEO
militar á ser fusilado. Los comerciantes extran-
jeros congregados para impetrar la gracia, cono-
ciendo las dificultades del tesoro público, ofre-
cieron en rescate la suma de 60,000 patacones
para vestir el ejército. Inclinados al perdón esta-
ban los miembros del gobierno, ménos el coronel
Pacheco, quien reclamaba la aplicación de la ley,
diciendo: «Si la vida de un hombre pudiese
rescatarse con oro, el erario aunque pobre,
rescataría la de Baena, pero la vida de un traidor
no se rescata jamás. » Y Baena fué fusilado.
De tal modo procedía la defensa, tanto del
lado moral, si así puede decirse, que del físico.
Entónces Montevideo no tenía sino una línea
de fortificación apénas trazada y defendida por
cinco únicos cañones. Antiguas piezas de artille-
ría que por ser inútiles, servían de postes en las
esquinas, fueron sacadas y trasportadas sobre
carros; improvisada una fundición y una fábrica
de pólvora, la línea de fortificación, llevada á
término, pudo recibir cien cañones, muchos
de los cuales, sin embargo, eran á veces fatales
á los artilleros que los manejaban. A datar del
16 de Febrero, fué de necesidad llevar al campo
este ejército de jóvenes reclutas, entre los cuales
se veían confundidos al rico señor con el pobre
obrero, al hombre de letras con el esclavo resti-
tuido á la libertad, para combatir á un ejército de
Ó UNA NUEVA TROYA
87
veteranos orgullosos de los antiguos triunfos y
fuertes por el terror que la barbarie les imponía.
Y sin embargo, tal prodigio pudo cumplirse,
porque los héroes de Montevideo tenían por
maestro al general Paz, quien por su larga expe-
riencia, gran talento y noble patriotismo, le era
dado obtener inesperados sucesos.
Cooperando también á tal objeto el Ministro
de la Guerra, con su gran influencia, su convin-
cente palabra y su fé inmensa en el honor nacio-
nal, había podido trasmitir al ejército un arrojo
inmenso; de tal manera, que las tropas severa-
mente disciplinadas en las escaramuzas, en las
avanzadas y en los combates de todos los días,
llegó á ser en breve un-puñado de héroes. Deci-
mos todos los días y nos complace repetirlo,
porque es difícil creerlo, sí, todos los días, se
luchaba y la ciudad todos los días se sorprendía
como Troya, de un heroico hecho de sus defenso-
res, ó de una bárbara acción de los enemigos.
Así la defensa adquiría nuevo vigor por el doble
efecto del entusiasmo y del odio.
De la crueldad incr'eible, del ejército sitiador,
necesario es que hablemos para que sepa la
Europa, á cuales hombres estaría reservada la
America del Sud, si desgraciadamente Montevi-
deo, última defensa de la civilización, cayese en
poder de tales bárbaros.
MONTEVIDEO
88
Jamás los asediantes perdonaron la vida de
un solo prisionero, y felices de aquellos que
morían sin ser torturados. Véase la historia
del ritió de Montevideo, y se leerá en la página
101 la declaración de Pedro Toses, capitán del
ejército de Oribe, prestada delante de la policía
de Montevideo. Él declara : No recordar el nú-
mero de prisioneros hechos por las tropas de
Rosas en la batalla del Arroyo Grande, dice saber
rin embargo, por haber sido testigo ocular, que
fueron cortadas las cabezas á quinientos cin-
cuenta y seis hombres. «Se conducían las
victimas de veinte en veinte, desnudos, y con
las manos ligadas; á cada grupo, era destinado
un verdugo; y una vez sobre él lugar destinado al
suplicio los prisioneros, eran obligados á arro-
dillarse y en seguida se les cortaba la cabeza.»
'Así se procedía con la generalidad 4e los már-
tires, pero los oficiales superiores obtenían dis-
tinciones horribles.
Pedro Toses asegura haber visto dar muerte
á el coronel Hinestrosa; despojado de sus ropas,
fué primero mutilado; cortáronle después las
orejas y le arrancaron las carnes á pedazos, ul-
timándolo después los soldados del batallón Rin-
cón á golpes de bayoneta; agrega después sin
dar detalles, que la segunda víctima fué el lugar-
teniente coronel León Berrutti;
ó UNA NUEVA TROYA
89
Que el coronel Mendoza fué estrangu-
lado;
Que el mayor Estanislao Alonzo, fué
muerto á garrotazos;
Que el mayor Jacinto Castillo, el capi-
tán Martínez y el subteniente Luis Lavagna,
fueron descuartizados;
Que el lugarteniente Arimendi, primero
mutilado, fué después degollado;
Que el lugarteniente Acosta, desnudado
vivo, murió gritando: Viva la Libertad.
En fin; Que el lugarteniente Gómez fué
estrangulado, lo mismo que los subtenientes
Cabrera y Carrillo.
A tales enormidades, se habían entregado los
asediantes con la esperanza de que horrorizados
con semejantes matanzas, los defensores de Mon-
tevideo habrían desistido de la empresa; pero se
engañaban completamente, porque apercibidos
de que cayendo en las manos de Rosas era en
vano esperar el perdón comprendían la nece-
sidad de batirse hasta la muerte.
Pero estos nuevos soldados, ora combatiendo
en emboscadas ó en terrenos accidentados, ó
parapetados entre las trincheras, no habían toda-
vía probado al enemigo de cuanto fuesen capaces
en campo abierto; el Ministro de la Guerra se
preparó á resolver este problema.
90
MONTEVIDEO
Con tal objeto en la noche del 10 de Marzo de
1843, él se trasladaba con una división al pié
del Cerro, y á las once, la parte del ejército
enemigo que sitiaba aquella fortaleza era com-
pletamente derrotado.
El 10 de Junio de 1843 y el 28 de Marzo de
1844, las armas de Montevideo, mandadas siem-
pre por el Ministro de la Guerra, triunfaban de
las fuerzas enemigas; en esta última jornada el
general Ángel Núñez, rodeado de varios cadá-
veres de sus soldados, moría sobre el campo de
batalla; él el mas fiel de los oficiales de Rosas,
era un traidor, porque al principio del asedio,
abandonaba el ejército oriental y se entregaba
en brazos del dictador.
Sobre el mismo terreno, el 26 de Febrero 1844,
una división enemiga era derrotada por el gene-
ral Paz; y el 24 de Abril del mismo año, tenía
lugar entre los dos ejércitos un combate indeciso,
y finalmente el 30 de Setiembre, 100 hombres de
caballería al mando del coronel Flores, derrota-
ban á una fuerza enemiga de 500 hombres tam-
bién de caballería. Por tal causa, el nombre
histórico del Cerro, era cambiado por el de
Campo de la fortuna.
Y mientras que Montevideo sentía día á día
casi á sus puertas tronar los cañones enemi-
gos, la ciudad ofrecía á los ojos de las nació-
Ó UNA NUEVA TROYA
91
nes, el espectáculo admirable de la unión en el
peligro, de la unidad en la constancia. Los hom-
bres de corazón rodeaban al gobierno y lo sos-
tenían de todas maneras y á medida de sus
fuerzas, con un patriotismo de que tal vez la
historia no recuerda ejemplo.
Es dulce para nosotros nombrar aquí porque
sabemos se han hecho notables para la Europa, á
Francisco Joaquin Muñóz, Andrés Lamas, Ma-
nuel Herrera y Obes, Julián Álvarez, Alejandro
Chucarro, Luis Peña, Florencio Varela, Fermín
Ferreira, Francisco Agell, Joaquin Sagra, Juan
Manuel Martínez, ciudadanos todos de Montevi-
deo, que serán ciudadanos del mundo el día en
que todos los pueblos sean hermanos en una
República Universal.
Lamas, cuando Pacheco y Obes entró al Minis-
terio, fué nombrado jefe de policía en Montevideo,
donde dió pruebas de una actividad extraordinaria
y de un patriotismo ardientísimo; hombre de raro
talento y de inmensa instrucción, ha sido clasifi-
cado entre los primeros poetas del Estado Orien-
tal, fué después Ministro de Hacienda y actual-
mente Representante de la República en el Brasil.
Ya hemos dicho, porqué la familia del coronel
Pacheco y Obes se había refugiado en Montevi-
deo y porqué la misma medida habían adoptado
buscando la salvación, los demás habitantes d3
92
MONTEVIDEO
la campaña. Mas de 15,000 personas se hablan
asilado en la ciudad siendo entónces de obliga-
ción del gobierno desde el principio del sitio,
socorrer á las necesidades de tantas infelices
familias, y asegurar un pan á los pobres de la
ciudad, de modo que mas de 27,000 personas,
eran alimentadas y vestidas por el tesoro público.
Habíase también provisto á los hospitales,
y la familia de Pacheco y Obes, como ya hemos
dicho, habla cedido con tal objeto, la propia casa.
Los lechos que ascendían á mas de mil, donados
por familias pudientes, eran demostración de
una piedad, llevada á la magnificencia; 'los far-
macéuticos, suministraban gratis los medica-
mentos, los médicos, prestaban desinteresada-
mente sus servicios, mientras que las señoras
organizadas en asociaciones de caridad, velaban
religiosamente á la cabecera de los enfermos.
En los días felices de Montevideo, en la época
de las cabalgatas que nosotros hemos ya descrito,
cuando los conciertos musicales se difundían en
las casas y por las calles, sus tertulias rivalizaban
en brío á aquellas de Lisboa, Madrid y de Sevilla,
y los modos gentiles y la franca hospitalidad de
los habitantes, formaban la admiración de los
europeos, que en esta virgen tierra encontraban
el lujo y. la cultura del viejo mundo; ahora en
cambio, durante el sitio, en las reuniones noc-
Ó UNA NUEVA TROYA
93
turnas, es la única ocupación, preparar hilas, y
únicamente se trata de los combates, de las accio-
nes heróicas y de los heridos del día.
Las grandes desventuras, son madre de las
grandes virtudes y lo prueba acabadamente el
doctor Fermín Ferreira, uno de los médicos mas
distinguidos que hace verdadero honor á la Amé-
rica; abandonando en los primeros días del sitio
su clientela, se consagró al servicio de los hos-
pitales y de los pobres; desde entonces no tuvo
reposo, habríase dicho que este hombre no par-
ticipando de las necesidades de la humana na-
turaleza no sufriese con las privaciones de
los alimentos y del sueño; dedicado siempre al
cuidado de los enfermos y de los heridos, los
atendía como lo pudiese hacer un padre; em-
pobrecido al extremo, vendía lo que poseía
para vivir, hasta las joyas de Id esposa; parecía
que la miseria aumentase su patriotismo; es
actualmente cirujano en jefe del ejército, y Pre-
sidente de la Asamblea, y se encuentra á la par
de todos los defensores de Montevideo en la
mayor pobreza.
Montevideo apesar de esta época de desgra-
cias y miserias, ha visto nacer sus mas bellos
establecimientos públicos. El Ministro de la
Guerra, Pacheco y Obes, fundó los hospitales
Militar y Civil, la Casa de Inválidos, las Escuelas
94
MONTEVIDEO
Públicas y organizó la Sociedad de Socorros
Mutuos.
Lamas, el Jefe Político, dió nombre á las calles
de la ciudad y vida al Instituto Histórico y Geo-
gráfico.
Herrera y Obes, Ministro de Gobierno, creó la
Universidad.
Por iniciativa de Bernardina Rivera, las seño-
ras constituyeron la sociedad de beneficencia bajo
el nombre de Sociedad de las Señoras Orientales .
También durante el sitio se acuñó la primer
moneda de la República; Lamas tuvo la idea, y
el Ministro de la Guerra ofreciendo los objetos
de plata, suyos, de su familia y de sus amigos,
hizo después un llamado al pueblo que no se
mostró sordo á él; reuniendo así desde el in-
censiario del sacerdote hasta las espuelas del
caballero. La moneda fundida en Montevideo
tenía estas solas palabras: Asedio de Monte-
cideo.
De tal modo la capital de la República Oriental
con un acto de Independencia individual, protes-
taba contra los ataques de Rosas, á la pública
independencia.
Un hecho no expuesto hasta ahora por nos-
otaos y que debía haber influido en nuestra
política, es el ser Montevideo una ciudad casi
francesa, porque entre sus cincuenta mil habí-
Ó UNA NUEVA TROYA
95
tantos, sin exagerar veinte mil pertenecen á la
Francia, éstos, ligados á la población por intere-
ses comerciales y de familia, era imposible se
hiciesen extranjeros en las vicisitudes, y acep-
tando la causa de la patria adoptiva, tomaron con
ardor las armas para defenderla.
A esto se agregaba las antipatías que desde
1839 existían entre I 03 franceses y los soldados
y
de Buenos Aires; y por esos antiguos rencores
respecto á nuestros compatriotas, se oían á los
soldados de Rosas gritar en las avanzadas :
«¿Qué hacen los franceses que otras veces se
armaron?
¿Por qué no ármanse ahora que se combate
deveras? »
Apesar de tales palabras, la población francesa
permaneció neutral; pero una leve chispa, basta-
ba para encender gran llama; y ella vino en la
circular de Oribe del l.° de Abril en la que
amenazaba á todos los extranjeros de conside-
rarlos como salvajes unitarios si no ocultaban
prudentemente sus simpatías.
Levantóse un grito de indignación; los france-
ses corrieron á las armas y se organizaron en
legión, legión sacra, que sostiene, apesar del
gobierno, el honor de la Francia, legión invicta
que sabe resistir al fuego y á la seducción, como
también á las armas mas terribles aún que aque-
96
MONTEVIDEO
lias de Rosas : á las calumnias de los diarios
franceses.
La legión cuenta ya 7 años de vida, y desde
su creación provee por si misma á sus necesida-
des, no recibió jamás una recompensa, y lejana
tres mil leguas de la patria, envuelta en la mise-
ria hoy día común á todos, descalza y andrajosa,
cubierta de cicatrices como su propia bandera,
pasea orgullosa de su desnudez por las calles de
Montevideo, cuyos habitantes saludan al francés
como hermano, y lo veneran como defensor.
Y es verdad, no hay palmo de tierra en la
inmensa linea de defensa de Montevideo, que no
haya sido bañada por sangre francesa, y sépanlo
los minis tros y el gobierno que los ha abandona-
do, mas de mil de los nuestros, han caido desde
el origen de la legión francesa.
El coronel Thiébaut, antiguo oficial del ejército
imperial, es el jefe de la legión y el coronel Brie,
ex-negociante distinguido, ahora valeroso solda-
do, tiene el mando de los Cazadores Vascos; el
teniente coronel Des Brosses, el doctor Martin
de Moussy y casi todos los franceses estableci-
dos en Montevideo tomaron parte en la forma-
ción de esta legión. Rosas, ha empleado el oro
á manos llenas para provocar la diserción,
pero en los siete años transcurridos únicamente
tres hombres han abandonado las filas: Pela-
Ó UNA NUEVA TROYA
97
bert, comandante del primer batallón y dos de
sus soldados.
¡Tres traidores en tres mil hombres ! tuvieron
más los espartamos, que contaron un fugitivo en
trescientos.
A la formación de la legión francesa, siguió la
de los italianos creada por Garibaldi, ávido de
aventuras y peligros. Un nuevo campo se le ofre-
cía, pues ya comandante de la flota nacional, sen-
tíase privado de las luchas que se sucedían en
tierra y fué visto él mismo día marchar á la ba-
yoneta, á la cabeza de un batallón de infantería
y cargar en medio á la caballería á un escuadrón
enemigo. Pero los lamentos de Italia llegábanle
mezclados con las brisas del Mediterráneo y en-
tónces todo cesó para él, solo un sacro deber
podía impedirle cumplir un tan noble sacrificio.
Al lado de Garibaldi brilla un nombre ilustre
en la legión italiana : Francisco Anzani, hombre
de extraordinario coraje y de severas costum-
bres. Jamás fué visto en Montevideo, sinó en
medio á los soldados, vestido como ellos, y
dividiendo también con ellos sus alimentos,
soñando la libertad de Italia, combatiendo por la
del Nuevo Mundo. La libertad era su esperanza
y el ideal de su vida.
Cuando en el 1847 Garibaldi partió de Monte-
video con un centenar de sus legionarios para
MONTEVIDEO
venir á combatir en Italia, Anzani gravemente
enfermo, quiso á todo costo embarcarse, y moría
tres días después de su arribo á Italia, pensando
en la independencia de la patria, por la cual 6a-
'ribaldi debía combatir inútilmente, y decimos
inútilmente bajo el aspecto de las condiciones
actúales, pero no con la desesperación del por-
venir.
Ó UNA NUEVA TROYA
99
CAPÍTULO V
El orden délos acontecimientos, nos ha alejado
del ejército de Rivera, que después de retirarse
de Montevideo, no permaneció inactivo.
. El enemigo fuerte de 6000 infantes y 900 de ca-
ballería había establecido el sitio á la ciudad; en
persecución de Rivera, había expedido el resto
de sus fuerzas; — Teniendo principio entonces
una lucha admirable, debiendo Rivera con su
talento, con el conocimiento del terreno, con el
coraje de sus soldados, fuerte apenas de 5000
hombres de caballería, contener á un enemigo que
contaba 6000 hombres de la misma, arma, un
batallón de infantes y una batería de cañones.
Para colmo de desventuras, la marcha de Ri-
100
MONTEVIDEO
vera, se hacía de día en día mas dificultosa y gra-
ve, pues los habitantes de la campaña, imposibi-
litados de refugiarse en Montevideo, se adherían
al ejército, pareciendo mas bien éste, una tribu,
que en los últimos tiempos, contabá perfecta-
mente cuatrocientos carros, repletos de mujeres
y niños, — y además un número mayor de fujiti-
vos, que privos de medios de trasporte, seguían
al ejército á pié ó á caballo.
No se escapaba á la penetración de Rivera ni
ala de sus soldados, que estaban expuestos á un
total esterminio, — (con aquella gente inhábil para
la guerra, — de estorbo en los campamentos, y
que ocasionaba un retardo en las marchas,)— pe-
ro apesar de eso se sostuvieron en la lucha, fieles
á su deber dos años,— siempre batidos, pero no
vencidos.
Por fin, es completamente derrotado Rivera, en
la funesta jornada del Paso de la Paloma; tal sin
embargo, es la desesperación de este hombre, tal
la popularidad que lo circunda, tan en suma el
amor á la patria que inflamaba á los orientales
todos, — que la victoria de Solis, le vuelve aquel
prestigio que había por un instante perdido.
Pero Urquiza, á la cabeza de 4000 hombres,
viene á servir de ayuda al enemigo, y derrota á
Rivera en Malbajar y en Aréquita, y éste, apesar
de tales reveces, resuelve el 28 de Marzo presen-
Ó UNA NUEVA TROYA
101
tar batalla á Urquiza. — Las fuerzas eran iguales
por ambas partes; antes de producirse el encuen-
tro, el general Rivera, dispuso que los carros
que transportaban las mujeres y los niños, se
aproximaran á la frontera del Brasil, para inter-
narse en caso de una derrota;— se perdió la ba-
talla, y fué salva, gracias á aquella disposición,
aquella errante tribu, conjuntamente á una parte
del ejército. Desde entonces familias y soldados,
tienen su residencia en Rio Grande y las reitera-
das promesas de Rosas, no han podido conse-
guir que vuelvan á pasar las fronteras, que los
separa de la patria, — tanto es el odio que les ins-
pira el tirano,— que han preferido la proscripción
y la miseria.
El ejército de la campaña, destruido en la ba-
talla de India-Muerta, había cumplido con su
deber; — dejando sobre el campo de batalla la ter-
cera parte de su fuerza. Este glorioso combate
fué ilustrado con la sangre de tantos mártires, y
la historia del pueblo oriental , recordará con
cariño los nombres de Aguiar, Silva, Cuadra,
Blanco y Luna, capitanes que primero cayeron
por la independencia de la patria;— y la historia
ñel dirá, que los desastres alcanzados, no son
atribuidos á la tropa ni á los jefes, sino sola-
mente al general Rivera, quien jamás quiso or-
ganizar militarmente sus fuerzas, por lo que
102
MONTEVIDEO
nunca pudo hacer una guerra de soldado, sino
de aventurero.
Después de la batalla de India-Muerta, y cuan-
do los restos del ejército pasó la frontera de Rio
Grande, uno solo de los jefes decidió no hacer
la vida del proscriptos — era el coronel B rígido
Silveira, quien con un puñado de valientes, deci-
didos á morir, resolvió proseguir la lucha, y re-
tirándose al distrito de Maldonado, aprovechan-
do lo accidentado del terreno, comenzaron una
guerra, de emboscadas y de ataques nocturnos
que el enemigo no esperaba. Desde entonces, no
hubo destacamento del ejército de Oribe que se
aventurase en la campaña, que no fuese atacado
por aquellos infatigables soldados, de los que
eran notables todos sus movimientos. — Además
cuando sobrevenía una tormenta, en lo mas recio
de ella, aprovechaba para llevar sus ataques,
hasta las mismas tiendas del enemigo, donde
hacía oír su grito de guerra. — En vano Oribe pa-
ra dar caza á estos héroes, mandaba un escua-
drón de tres mil hombres, unas veces constitu-
yendo un solo cuerpo de ejército, otras en
partidas; — sin embargo dos largos años emplea-
ron en esterminarlos, sobreviviendo únicamente
Brígido Silveira, quien encontró modo de regre-
sar á Montevideo, donde reside actualmente.
La batalla de Malbajar, anterior á aquella de
Ó UNA NUEVA TROYA
1()3
ludia Muerta, tuvo lugar en Enero de 1844. Cu
grupo de quinientos hombres, salvados del de-
sastre, concibieron el proyecto de abrirse cami-
no hasta Montevideo; llegando inesperadamente
á espaldas de las lineas del asedio, llevaron un
ataque y sobre cadáveres de enemigos entraron
triunfantes á la fortaleza del Cerro.
Al frente de estos bravos estaban lqs coroneles
Flores y Estibao, los que se presentaron al go-
bierno con las espadas aún bañadas en sangre:
« el ejército, — dijeron— déla campaña ha sido der-
rotado y nosotros impotentes de rehacerlo, he-
mos venido á compartir la suerte de los defen-
sores de Montevideo;» fué realmente providencial
tal refuerzo, por que la guarnición disminuida
día á día, no podía reponerse, mientras el ene-
migo recibía continuamente refuerzos de Buenos
Aires. Y efectivamente las filas de los defensores
de Montevideo habían disminuido, alcanzando á
mas de tres mil, el número de los que habían
caído con los coroneles Sosa, Torres y Neira.
Sosa que con razón puede llamarse el Héctor
de la nueva Troya, era uno de aquellos hombres,
para los que no existen peligros de ninguña clase
y á semejanza de Nelson, podía preguntar nóá los
doqe, á los treinta años : ¿ qué cosa es el miedo ?
Se le hubiese creído descendiente de los antiguos
Titanes, nada, siendo para él imposible. Fué vis-
104
MONTEVIDEO
to un día, con solo catorce hombres de caballería,
atacar á den bascos españoles y ponerlos en
faga.
Otea vez en medio de catorce soldados que
creían fácil tomarlo prisionero, h abrióse paso,
matando dos, — regresaba al cuerpo de donde lo
habían separado.
Un día se encontraban con un destacamento
enemigo al frente, y el jefe de Sosa manifestó la
necesidad de ciertos datos, que únicamente le po-
dría dar un prisionero, y Sosa se lanza sobre el
campo enemigo, toma á uno que le fué posible
alcanzar, y poniéndolo atravezado sobre su ca-
ballo, se presenta á su superior, diciéndole:
«aquí está mi coronel, lo que Vd. necesitaba.»
Hasta parecía que la muerte respetase á aquel
hombre!
Y efectivamente una vez uno de los mas valien-
tes oficiales de la fuerza enemiga, encontrándose
con Sosa, en el calor de la refriega, le apunta con
su pistola, hace fuego, y el tiro no parte, y él en
vez es muerto por Sosa.
Conversando una vez con cinco de sus solda-
dos, próximos á un bosque, cayó en una celada,
tendida por el enemigo oculto entre los árboles;
— los soldados caen en tierra heridos, y sola-
mente Sosa resulta ileso, y en vez de huir ó reti-
rarse, se dirije hácia el bosque, de donde sale
Ó UNA NUEVA TROYA
105
cinco minutos después, con su espada ensan-
grentada.
Las prohezas de Sosa, eran el tema de las
conversaciones en la ciudad, como al mismo
tiempo eran el terror del enemigo.
Por esto el día 8 de Febrero 1844, fué día
de luto para Montevideo. Estando él en las avan-
zadas lué herido como Turenne y como Bruns-
wick por una bala de cañón, pero no cayó como
aquellos del caballo, apesar de que por la herida,
se le viesen todas las entrañas. Bajó á tierra,
diciendo á sus soldados: aereo estar herido . »
Pero apercibiéndose de que no solo estaba he-
rido, sino herido de muerte : « amigos — dice él,
yo me muero , pero Vds., Vds.„ quedanpara de-
fender y salvar la patria .»
La nueva llegó á la ciudad casi llevada por la
bala de cañón, que lo habla herido. El ministro
fué á ver al moribundo; al verlo éste, se incorporó
ligeramente, le es tendió la mano y lo enteró de
lo acontecido con una tan tranquila serenidad
que no parecía hubiese llegado al fin. Escuchá-
balo el .ministro con la cabeza inclinada porque
.no solamente perdía en Sosa uno de los mas
valientes capitanes del ejército, sino también á
uno de sus más tiernos amigos. La voz de Sosa
dejó de oirse. Estaba muerto. El ejército vistió
de luto, no por órden pero sí por potente necesi-
106
MONTEVIDEO
dad del corazón, pues á cada uno le parecía, con
su muerte, haber perdido un hermano ó un amigo.
A tanta virtud era poco el reconocimiento de
los hombre,s por lo que el gobierno no hizo mas
que expedir el siguiente decreto:
« Ministerio de Guerra y Marina.
Montevideo, 10 Febrero 1844.
« El gobierno no dá recompensas á aquellos que
combaten por la patria, pues ellos no hacen mas
que cumplir con su deber; pero debe á la gloria
nacional, el honorar los nobles hechos en pro de
la República, haciendo eterna la memoria de los
valerosos, y circundándolos del reconocimiento
general, que es la mas bella corona del héroe.
Por tal motivo, recordando, que el coronel
Marceli n o Sosa, muerto el 8 del presente mes,
ha consagrado con heroica abnegación toda su
vida al servicio de la patria; que él fué en la
guerra el primero entre los héroes, en la paz
ciudadano integérrimo, y que en todo tiempo ha
merecido bien de la patria;
El gobierno resuelve y decreta:
Artículo 1.* El primer regimiento de caballe-
ría de la guardia nacional, tomará en adelante el
Ó UNA NUEVA TROYA
107
nombre dé Regimiento Sosa, y llevará estas pala-
bras en su bandera: Marcelino Sosa héroe entre
los héroes.— La patria lo perdió el 8 de FeUrero
1844.
Art 2.® No se proveerá jamás al grado de
coronel de este regimiento, en el cual Marcelino
Sosa figurará como coronel efectivo, debiendo su
familia recibir sus sueldos correspondientes, y en
caso contrario, en cumplimiento á la ley del 12
de Marzo 1829, serán versados en la caja de los
inválidos del ejército.
Art/ 3.*
Art 4.® Cuando el ejército que asedia la capi-
tal, haya sido derrotado, los restos de Sosa, se-
rán trasladados al lugar donde fué herido, y se
erigirá por cuenta del tesoro, un monumento
sencillo, que lleve su nombre, el día de su muer-
te, y sus extremas palabras:
/ « Compañeros, salven la Patria » /
Firmado — Suarez.
Firmado — Pacheco y Obes.
El Ministro de la Guerra, habló en la tumba del
gran ciudadano.— Envuelto en la bandera de su
escuadrón. Sosa fué sepultado en el sepulcro de
la familia de Pacheco y Obes. Entrelos que acom-
106
MONTEVIDEO
{tañaron el cadáver al cementerio, estaba el coro-
nel Tajes, qué tiene actualmente la reputación
de valiente que gozaba primero Sosa.
Sosa, era un arrogante y grande hombre, ro-
busto, excelente caballero, de una generosidad
igual al coraje; montaba generalmente un esplén-
dido caballo negro. — En la hora de la pelea, se
levantaba las mangas, empañaba la espada ó la
lanza y se le hubiese creído un héroe de Homero,
6 un paladín del siglo de Carlemagno.
Así es que era él circundado de dignos y vale-
rosos soldados, habiendo día á día del asedio de
Montevideo una página de gloria para los jefes
de los asediados.
Ayer era el coronel Muñoz, que con un grupo
de ochenta hombres, atacaba una posición defen-
dida por 400 soldados, los cuales deben la liber-
tad á los refuerzos llegados.
Hoy es el coronel Solsona que eon un batallón
resiste á toda el ala derecha enemiga. — Entre
los que combaten bajo sus órdenes, están sus
tres hermanos, uno de los cuales Miguel, herido
en la cabeza cae por tierra, pero levantándose to-
ma un fusil y continúa batiéndose casi como si se
hubiese caído para recojer un arma..
Mañana, Lezica y Batlle, que en el Pantanoso
con solo 300 hombres, resisten á cinco batallones
enemigos.
Ó UNA NUEVA TROYA
109
Después el mayor Carro, que con treinta dra-
gones atacando trescientos enemigos, queda con
veinte y ocho de sus hombres sobre el campo de
batalla.
Mas tarde, el coronel Tajes, que á la cabeza de
ochenta hombres destruye al segundo regimiento
de Rosas; el coronel Villagran que á la edad de
sesenta y cinco años, á la cabeza de pocos hom-
bres de caballería, carga día á día al enemigo,
siempre en número cuatro veces mayor.
De todo lo que se puede deducir con razón
que Montevideo estaría salvo, si hubiese bastado
la abnegación y el coraje.
En Junio de 1844, el general Paz llamado al
comando de las fuerzas de Corrientes, dejó Mon-
tevideo. Entonces el coronel Pacheco y Obes
al mismo tiempo que desempeñaba el Ministerio
de la Guerra, toma el mando de las tropas, y
consigue dominar al enemigo, que en dos bri-
llantes hechos de arma él batía.
Era por lo tanto fácil de creerse, que la lucha
tocase á su término, y para ello, se preparaba
una batalla final, cuando el 8 de Octubre, un
accidente imprevisto, mudó el aspecto de las co-
sas, siendo este el origen de las desventuras de
Montevideo.
Sobre la pequeña escuadra gobernada por Ga-
ribaldi, habían sin su conocimiento, buscado
110
MONTEVIDEO
refugio dos desertores brasileros. — Entonces el
Almirante del Brasil, que tenia en las aguas de
Montevideo, cuatro corbetas, sin previo reclamo,
se movió en dirección á la escuadrilla oriental,
con una goleta seguida de muchas embarcacio-
nes. Llegada á tiro de pistola, echada el ancla,
intimó se rindiesen á los dos desertores, amena-
zando con hacer fuego si se negaban á some-
terse. Indignado de tal proceder, el ministro de
la guerra, lo comunicó á los demás miembros
del gobierno, y se trasladó él mismo abordo de la
escuadra, para proveer al honor nacional, pues no
se podía transigir con las brutales exigencias del
brasilero.— Pero estando abordo, recibe la órden
del gobierno, de entregar los dos desertores, y
cosa extrafia, la tal órden le fué intimada, por un
oficial de ordenanza del Almirante brasilero. — El
se negó á acatarla, pero insistiendo el gobierno,
él se dimitió, declarando á un tiempo, que no
abandonaría su puesto, si antes la fuerza enemi-
ga no dejaba su amenazadora actitud; habiéndo-
se estas retirado, descendió Pacheco y Obra á
tierra.
El gobierno aceptaba la dimisión del minis tro
de la guerra, porque antiguas disensiones, entre
el coronel y el general Rivera, eran por los amigos
de este suscitadas, y también porque las enérjicas
medidas del primero, habían herido á algunos
Ó UNA NUEVA TROYA
111
miembros del gobierno y especialmente á aque-
llos que viles intereses los aconsejaba arrimarse-
á Rivera, el cual, como hemos dicho, 'despilfar-
raba los dineros públicos.
El ejército, enterado de la dimisión del coro-
nel Pacheco y Obes, tomó las armas, y se rebeló.
Duró tres días la ansiedad incesante en Monte-
video, de ver el horrendo espectáculo de un go-
bierno, derrocado por la fuerza militar. Pacheco
y Obes que tenía las simpatías del soldado, supo
resistirlos, y saliendo del país, retiróse á Rio Ja-
neiro. El prestó inmensos servicios á la defensa
de Montevideo y fué de los mas ardientes de-
fensores de la patria; el odio que le tenían los
enemigos del país, es un título incontestable al
reconocimiento de los buenos ciudadanos.
Llegado al poder, había sido su primer medida
introducir la probidad en la administración, «es-
tablecer en principios los derechos de la nación á
los sacrificios de cada ciudadano, destruir en fin,
la eondicion arraigada ya en Montevideo, de las
influencias personales, y sustituirlas, por las
imparciales de las leyes. Al rededor de él se ha-
bían agrupado unos cuantos hombres nuevos
celosos del lustre de la patria, por lo que dismi-
nuyó el poder del general Rivera, poder que tuvo
algunos momentos de vida á la caída del coronel
Pacheco y Gbes, después de la revolución de
112
MONTEVIDEO
Abril, pero que debió ceder, á la excelencia del
sistema del ex-ministro de la guerra.
Sin embargo, es necesario convenir, que el
coronel Pacheco y Obes, avanzó demasiado en
sus ideas de reforma, y no eligió el tiempo opor-
tuno, porque siendo Rivera el verdadero jefe del
partido nacional, no debíase atacar su influencia
en el momento mismo, que se sostenía la guerra
contra el do mini o extranjero, — por lo que él cal-
do, nace la división y el desorden. Por otra par-
te, la extrema obstinación del carácter del coro-
nel Pacheco y Obes, que jamás se sometía á
consejos, apartó de él, muchos hombres notables
que tuvieron después tanta parte en su caída. Perú
apesar de todo tuvo siempre el amor del pueblo,
y el agradecimiento del soldado, en premio de los
esfuerzos hechos, para mejorar su suerte.
El retiro del coronel Pacheco y Obes, señaló la
decadencia de la defensa; habiendo él constituido
una autoridad fuerte á que todo cedía y obede-
cía, ésta después de él, pasó á manos de hombres
débiles, faltando así aquella mano potente, que
había dado el impulso á la cosa pública. —
La guerra continuó, débil, y el mismo entu-
siasmo por la defensa, disminuyó, y para colmo
de desventuras, cuatro meses después, el ejer-
cito de Rivera fué destruido en India Muerta.
Los orientales quedaban solos en la empre-
Ó UNA NUEVA TROYA 113
sa, y la nueva de una tal derrota que quitaba toda
esperanza de triunfo fué casi un golpe mortal
para los sitiados.
El ministerio que en tal emergencia rodeaba
al viejo presidente Suarez, estaba compuesto de
Vázquez, de Bauzá, y de Santiago Sayago. Mo-
vido por noble inspiración y rechazada toda idea
de una capitulación que parecía inevitable, hizo
un llamado al ejército, y expuesto el estado de las
cosas, le ordenó combatir ó morir.
«Nosotros no podemos descender á pactos
con elenemigo, decía la nota oficial al coman-
dante, y nosotros debemos, por lo tanto, si no
podemos la nacionalidad salvar, al ménos, el
honor del país.»
Enterado el ejército de estas palabras, com-
prendió lo que debía á la patria, y se preparaba
á una batalla estrema, desesperada, cuando los
buques que traían la nueva de la intervención
anglo-francesa, echaron el ancla delante de Mon-
tevideo. Los encargados de las dos naciones ins-
taban al gobierno á diferir la lucha, asegurando
que la Francia y la Inglaterra no pedían, sino el
tiempo necesario para imponer y exigir la paz á
Rosas; que en caso de una negativa del dictador,
Montevideo tendría á las dos naciones por alia-
das., El gobierno consintió y el ejército volvió á
sus cuarteles, y desde esa época 5 Abril 1845, la
s
MONTEVIDEO
114
República espera en vano las promesas hechas.
Cinco veces fué presentado un ultimátum á
Rosas con amenaza de aniquilarle, en caso de
negativa, y otras tantas él ha respondido con
verdadera insolencia. Y tal insulto no ha sido
vengado, mientras que la República Oriental obli-
gada á la inacción, concluida por inútiles y lar-
gos sacrificios, ha llegado al extremo de la
desventura pública y de la miseria privada.
También es verdad que á la primer negativa
de Rosas, las potencias mediadoras respondieron
con hechos que demostraban la voluntad firme
de proteger á Montevideo. Las fuerzas anglo-
francesas penetraron en el Paraná, Buenos Ai-
res fué bloqueada; y Rosas fúé batido en Obligado
por los aliados que se internaron en el Paraguay.
La intervención socorrió también con dinero al
gobierno Oriental, y llamado nuevamente Pacheco
y Obes al comando del ejército, puso á éste en
condiciones de reprender vigorosamente la guer-
ra. Poco antes una división á las órdenes de
Garibaldi y Batlle. era enviada á ocupar la Co-
lonia y fortificar el Salto, posición importante,
que por ser vecina á la frontera del Brasil, era
un punto de apoyo y de reunión para los emigra-
dos, un millar de los cuales habían poco á poco
engrosado las filas del ejército nacional.
En vano el enemigo, tentó por todos los me-
Ó UNA NUEVA TROYA
11*
dios arrojar á Batlle de la Colonia y á Gari-
baldi del Salto, pero al número, suplió el valor.
Incomodado por todo el ejército de Urquizaántes
de haberse podido fortificar, Garibaldi sostiene
por seis horás un ataque en que 4,000 hombres se
lanzaron desesperadamente contra 500 soldados,
siendo con enormes pérdidas rechazados. Se
mueve mas tarde Servando Gómez y puso sitio á
la ciudad, pero Garibaldi en vez de esperar el
asalto, salía continuamente á atacarlo, siendo
cada salida para él, una victoria. Por último,
tuvo lugar el célebre hecho de San Antonio, en
que 200 italianos, en campo abierto, combatieron
contra 1,200 soldados de Servando Gómez, entre
los cuales contábanse 500 infantes. En esta jor-
nada, después de cinco horas de pelea, Garibaldi
perdía la mitad de sus fuerzas y el enemigo 400
hombres. Dueño del campo de batalla después
de una hora de descanso, se retiraba Garibaldi
con todos los heridos al Salto. En premio á
tanto valor, á la legión italiana le corresponde
la derecha en el ejército oriental.
En aquellos días el gobierno ascendía al grado
de generales á Pacheco y Obes y Garibaldi, quie-
nes se negaban á recibir tal recompensa, pero
quienes cedieron sin embargo á la voluntad de
los amigos.
Miéntras tanto. Pacheco y Obes daba cima
116
MONTEVIDEO
k la empresa, de' reorganización del ejército,
y dividíalo en dos cuerpos; era misión de
uno velar por la defensa de Montevideo; mién-
tras que él debía ponerse al frente del otro,
lanzarse k la campaña, unirse á Garibaldi y
tener la dirección de la guerra; desgraciadamente
Rivera regresó á Montevideo; la revolución de
Abril sobrevino por lo que Pacheco y Obes,
dimitiendo, tuvo por sucesor á Rivera.
El cual partiendo para la campaña obtuvo al
principio felices sucesos; pero se encontraba al
frente de un ejército que había roto todo vínculo
de disciplina; un batallón se sublevaba al pri-
mer revés, él quería desarmarlo precisamente
en momentos en que el enemigo se movía impo-
nente, á vengar las pasadas derrotas. Rivera
no aceptó la batalla y se internó en el país; pero
fué después nuevamente batido y se refugió en
Maidonado; por tales causas desaparecieron las
concebidas esperanzas de salvar el país.
La revolución de Abril fué el último destello
de la popularidad de Rivera, la última tentativa
de sus partidarios, y la sola mancha de la defensa
de Montevideo, porque en aquel nefando dia se
esparció la sangre de los mas generosos defen-
sores de la República.
Las terribles escenas del puerto, dejaron un
indeleble recuerdo en Montevideo. En uno de
Ó UNA NUEVA TROYA
117
estos tumultos el coronel Jacinto Estibao, es
asaltado por 800 rebeldes. Él no era hombre de
rendirse y luchó dos horas consecutivas, cayendo
uno tras otro á su lado todos sus fieles, quedando
únicamente Estibao con un ayudante de campo
en pié, y entonces derramando sangre de sus
muchas heridas, se apoderaron de una azotea
donde después de una resistencia inaudita, deses-
perada, los dos fueron muertos.
Estibao, era considerado y con razón uno de
los mas notables ingenios de la República Orien-
tal. Joven, valiente, escritor elegante, de óptimo
corazón, y de una fé inconcusa, en lo bello y en lo
bueno, para él eran palabras vanas, la falsedad,
la mentira, la traición. Era hermano de armas del
general Pacheco y Obes; en la lucha que sos-
tuvo (para él la estrema), los Almirantes Fran-
cés é Inglés, deseando salvarlo, insistían para
que abandonase su puesto y se agregase á un
destacamento que á poca distancia había, de 300
marineros de las dos naciones; pero Estibao
respondía :
« El general me encontrará vivo ó muerto, en
el puerto en que me ha dejado. »
Cuando no le quedaban mas que 8 soldados,
uno de estos acercándosele, coronel, le dice,
nosotros no podemos ya resistir; — y él, como
ya le hubiesen roto el brazo derecho, tomando
118
MONTEVIDEO
con la mano izquierda, la pistola por el cafion,
le rompió con la culata la cabeza á aquel hom-
bre, que no sabia, que cuando no se podía ya
resistir era necesario morir.
Se lloró también aquel día la muerte del ma-
yor Bedia, joven de grandes esperanzas, valiente
oficial, que en las horas que lo dejaba libre el
servicio, se consagraba al estudio, tanto, que á
la edad de 24 años, podía decirse matemático
excelente; él tenia cinco hermanos todos solda-
dos, el mayor Joaquín, era Teniente-Coronel, y
madaba como segundo jefe á la artillería orien-
tal en la batalla del Arroyo Grande ; — cuando
se apercibieron de la suerte de la batalla, los ar-
tilleros se pusieron en fuga; -- conduciéndole
un soldado el caballo, en vez de aprovecharse,
lo hirió con la espada, y el caballo huyó dando
dolorosos relinchos. Entonces como la artillería
enemiga atacaba en masas compactas, aproxi-
mándose á un cañón, todavía cargado, hizo fue-
go, haciendo así el último tiro de la jornada:
después de esto, cayó, recibiendo veinte golpes
de bayoneta.
Los otros cuatro, sobrevivientes hermanos, tie-
nen fama de valientes é inteligentes oficiales, — y
uno de ellos manda un escuadrón de artillería
en Montevideo.
El mismo día la República perdía también al
Ó UNA NUEVA TROYA
119
capitán José Batlle, hermano del coronel, jóven
de mérito inmenso.
120
MONTEVIDEO
CAPÍTULO VI
Los desastres del general Rivera, originaron un
cambio de gobierno, ó mejor dicho, una reacción
contra su sistema. El ministerio se organizó de-
finitivamente, como actualmente. Los hombres
que lo componen, secuaces de las ideas de Pache-
co y Obes, administraron rectamente la cosa pú-
blica, y puede decirse con razón, que sobre ellos
pesa mas grave la responsabilidad de la defen-
sa, porque agotados los elementos de vida
de la República, y obligados á una ciega depen-
dencia del gobierno francés, creyeron en las pro-
mesas de aquella Francia, que jamás cumplió su
palabra.
Así después de siete años de resistencia, la
UNA NUEVA TROYA
121
miseria de este pueblo infeliz, ha llegado al ex-
tremo. No hay familia que no viva en las mayo-
res necesidades, habiendo hasta los mas ricos,
vendido á vil precio todos sus recursos -tanto,
que todos los habitantes indistintamente, sub-
sisten gracias á los víyeres públicos.
El viejo Presidente Suarez ha donado todos
sus sueldos, — los ministros viven como el
último ciudadano del pan del soldado. Ellos vi-
ven en medio á tanta miseria, con el dolor de no
poderla aliviar, viendo agotados los medios de la
defensa, y cercano el triunfo del enemigo. Ellos
sufren como los otros, y son los primeros en dar
el ejemplo, consolados con la única esperanza
deque el día que caiga Montevideo, la venganza
de Rosas, pesando terrible sobre sus cabezas,
disminuirá aquella reservada á sus propios con-
ciudadanos.
El subsidio mensual de 35000 patacones que
el gobierno francés paga á Montevideo, antes
que una ayuda á las dificultades públicas, se ha
convertido en un dolor, en una vergüenza, por-
que los agentes franceses de ello encargados,
hacen á los necesitados, de todas maneras, ma-
teria de irrisión y de desprecio, — por lo que
puede decirse que reciben únicamente ese subsi-
dio, la ilustre empresa, los nobles sacrificios, el
heroico patriotismo digno de la antigüedad, por
122
MONTEVIDEO
lo que llegarán á ser inmortales los defensores
do Montevideo.
La ciudad, antes del asedio, contaba 60000 ha-
bitantes, los que actualmente están reducidos á
menos de 24000. La mayor parte de la población,
menos los franceses, abandonó la ciudad, su-
friendo los pocos que permanecieron, el hambre,
la peste y la miseria. Estos tres azotes y los dia-
rios combates, disminuyeron el número de los
habitantes. Pero jamás pueblo alguno sufrió con
mayor resignación y virtud, tales desastres, por
mas grande que fuese el daño que proporcionaba
á toda clase de ciudadanos. Desde hace mucho
tiempo, su comercio ha cesado. Los pudientes
han visto sus recursos poco á poco agotarse. El
proletario busca en vano desde hace tiempo el
trabajo. Todo hombre es soldado ü oficial, y ni
uno ni otro recibe sueldo de ninguna clase. Las
mujeres después cuidan á los heridos y compo-
nen la ropa de los soldados, mientras los viejos
velan por la seguridad interna de la ciudad, y los
muchachos cuando truena el cañón, abandonan
la escuela, y proveen de cartuchos a los comba-
tientes.
Un día en el 1844, una mujer, se presentaba
al ministro de la guerra, con un jovencito de la
mano — y le dice: *hoy nú hijo cumple catorce
años, — y yo os lo entrego, á fin de que sirva á
Ó UNA NUEVA TROYA
123
la patria, como sus cuatro hermanos muertos
por ella.»
Todos conocen en Montevideo esta madre
Espartana, la señora Carrea, que perdiendo tres
hijos en una misma batalla decía casi muerta por
el dolor: Porqué no tengo otro hijo que ofrecer
a la Patria ?. »
Hemos citado entre mil casos, únicamente
dos, por que si los hombres en aquellos tristísi-
mos dias, dieron prueba de corage y de abne-
gación, las mugeres fueron sublimes por virtud
y por sacrificios, — no hubo entre ellas, una
sola, que en la hora del peligro disuadiese de
tomar parte en la pelea, al padre, al marido, al
hijo ó á el amante; — tanto mas que de todas
partes de la ciudad se hacía sentir el estrépito
del combate, en el que todas las familias, tenian
cuando menos, un deudo; — entonces el extran-
jero que se encontraba en Montevideo , podía
creerse en el asedio de Esparta; — toda muger,
madre ó esposa, era una Lacedemonia, se les
veía sobre las azoteas, fijos los ojos con ansia
sobre el campo de batalla, pálidas, pero tran-
quilas y resignadas, seguir todas las peripecias,
que, muchas veces eran fatales.
Terminado el encuentro, los enviados, de los
sobrevivientes, recorrían la ciudad, distribuyen-
do á cada familia su parte de dolor, — y mu-
124
MONTEVIDEO
chas veces se aproximaba á un hogar , poco
antes relativamente feliz, — una camilla sobre la
cual, muerto ó moribundo, regresaba ensangren-
tado el sosten de él.
No hay casi ninguna familia en Montevideo,
que en el largo asedio, no haya vestido de lu-
to, — pero no hubo desventuras por grandes
que fuesen, que hayan hecho disminuir el pa-
triotismo de la muger. Aquellas que figuraban
en primera línea, por fortuna ó posición social,
lo fueron también por coraje y sacrificios.
Entre ellas, una digna del incienso real, pálida
y vestida de negro, y que dirije el hospital de las
Señoras Orientales, es Cipriana Herrera de Mu-
ñoz, es la esposa de F rancisco J oaquin Muñoz uno
de los fundadores de la nacionalidad oriental, —
es la madre de Francisco Muñoz — teniente coro-
nel muerto por la patria, — es la madre de José
María Muñoz uno de los mas distinguidos coro-
neles del ejército, y la madre también de Andrés
y Carlos Muñoz, defensores de Montevideo.
Observadla y la vereis: en el hospital, curar á
los heridos del batallón de su hijo, — entrar des-
pués eñ la casa de la viuda y del huérfano para
proporcionarle un instante á la madre perdida, —
dirigirle al soldado palabras entusiastas para in-
flamar su coraje; al hombre de estado, inducirlo
á grandes propósitos, y si en este afanarse en
Ó UNA NUEVA TROYA
125
obras de caridad y de sacrificios, el cañón truena,
la madre no temblará por la vida del hijo, pero
sí la ciudadana por la suerte de la patria.
Cuando una nación alberga en su seno tales
mujeres, los hombres que combaten bajos sus
ojos, resultan héroes.
Pero á las escenas de dolor y patriotismo que
nosotros esponemos á la 'Europa, el gobierno
francés responderá: ¡pero la Francia protege á
Montevideo! Sí, á Montevideo agonizante la
Francia recita la oración de difuntos. ¿La inter-
vención de la Francia en el Plata, proporcionó
mayor ayuda que aquellos inútiles socorros á los
heridos de muerte?
Sobre el magnífico río que baña á un tiempo
Buenos Aires y Montevideo, flamea la bandera
de la Francia. Pero á la vista de ella (que la Italia,
Nápoles, Milán y Venecia ha habituado á hor-
rendos espectáculos), los prisioneros son dego-
llados; los mismos franceses que comparten las
amarguras de Montevideo, mutilados, tortura-
dos, lanzan en la última agonía un grito de maldi-
ción contra aquella bandera inhumana. Enfin á la
vista del pabellón francés, los enemigos de Mon-
tevideo con el insulto y el desprecio en los labios,
consideran delito endas víctimas que inmolan, el
haber creído en las promesas de la Francia.
El gobierno de Luis Felipe propuso cuatro
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MONTEVIDEO
veces á Rosas la paz, y obtiene cuatro insultantes
negativas, que la Francia entónces tragaba de
acuerdo con la Inglaterra que sufría tranquila-
mente tal vergüenza, porque en sus miras po-
líticas soñaba el dec aimi ento de la influencia
francesa en la América del Sud.
En vano los defensores de Montevideo pedían
á las dos potencias cortasen la cuestión definiti-
vamente, porque no existiendo la paz ni la guerra,
la ciudad ligada á esta ficticia intervención, veía
poco á poco desaparecer los elementos de defensa,
sin la esperanza de buscar solución en una bata-
lla, última, desesperada.
Para disimular un tal proceder el gobierno de
Luis Felipe daba á conocer los tratados hechos
con la Inglaterra; — pero ésta cesó en la interven-
ción por la revolución del 1848, y la Francia re-
publicana, hizo flamear su bandera sobre las
aguas del Plata.
A tan grande novedad, adquirieron nuevo áni-
mo los defensores de Montevideo.
Y realmente ¿cómo suponer que la joven Re-
pública, no se mostrase al respecto, fuerte y
leal? — ¿Qué duda podían inspirar los hombres
del nuevo gobierno, que desde el año de 1830 en
la prensa y con las protestas, acusaban á Luis
Felipe, de prostituir el honor de la Francia?
Montevideo, renacía á las esperanzas del por-
Ó UNA NUEVA TROYA
127
venir, cuando hacia el fin del año 1848 fué sor-
prendida por una grata nueva. El Almirante Le
Prédour comandante de las fuerzas navales de
la Francia en el Plata se había presentado al go-
bierno, declarando, haber recibido órdenes de
trasladarse á Buenos Aires para proponer á Ro-
sas la paz, agregando, que tal medida era un ul-
timatun de la voluntad déla Francia.
Después de tal declaración se esperaba por
instantes el regreso del Almirante. Pero súpose
al fin ¡después de cuatro meses! que aquel pre-
tendido ultimátum, había tomado aspecto de tra-
tado diplomático. El gobierno de Montevideo,
protestó altamente, pero no cesaron por eso las
negociaciones con Rosas. En tanto se pusieron
en práctica todos los medios imaginables, para
conseguir que la población francesa abandonase
la asediada ciudad: se decía publicamente, que
la Francia protegería á Montevideo, mientras se
sembraba disimuladamente el desaliento en el
pueblo, la desconfianza respecto de los minis-
tros y la defección en el ejército.
Pero como siempre Montevideo no respondió
á.las esperanzas de sus enemigos. Y sin embargo
la ciudad no había pasado hasta entonces por
mayores peligros, pues la división se había intro-
ducido entre las filas de sus defensores.
Pacheco y Obes quería se protestase contra el
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MONTEVIDEO
pliegue que las negociaciones habian tomado, y
quería que apesar de la presencia del Almirante
Le Prédour en Buenos Aires, se rompiese la
guerra con todos los medios con que podía con-
tar el país.
Herrera y Obes, Ministro de Relaciones Exte-
riores, creía oportuno esperar el resultado de los
tratados y compartían la misma opinión el Presi-
dente y los comerciantes de la ciudad.
Con el parecer de Pacheco y Obes, estaba el
ejército y el pueblo.
El coronel Batlle que opinaba con el general
Pacheco y Obes, dió su dimisión de Ministro de
la Guerra; y fuerte era el temor de tristísimos he-
chos, cuando regresó á Montevideo el Almirante
Le Prédour portador de los indicados tratados.
Estos, que sacrificaban á Montevideo y asegu-
raban el triunfo á Rosas, tuvieron el poder de
reunir en la común desventura á todos los de-
fensores de Montevideo.
El Almirante intentó imponerlos á la ciudad,
amenazándola con retirarle el apoyo de la Fran-
cia, si no se sometía á su voluntad; pero el go-
bierno respondía enérgica y dignamente, dicien-
do, que estaba resuelto antes de hacerlo, á
hundir á la ciudad, en sus propias ruinas.
Por tal negativa, el tratado fué remitido á Fran-
cia, y el general Pacheco y Obes, fué encargado
UNA NUEVA TROYA
129
de tutelar en París los intereses de la República
Oriental y de obtener una resolución cualquiera,
definitiva en la cuestión del Plata. Llegado á
Francia, el general habló fuerte, empleando se-
veras palabras de soldado. El dijo á la Francia:
« Montevideo es el centro de vuestra prosperidad
comercial en la América del Sud ; si queréis
velar por vuestros intereses, socorred á Monte-
video; en caso contrario, abandonadla á su pro-
pio destino: porque es preferible morir pj'onto,
que sufrir la cruel agonía á que desde hacen
cinco años nos condena vuestra impotente inter-
vención. »
El general demostró también lo que tocaría á la
Francia, cayendo Montevideo; — probó los delitos
de Rosas, probó la incompatibilidad de éste con
la civilización y con la vida futura de la América.
Apesar de todo esto se iniciaron nuevamente
negociaciones apoyadas por un grupo de solda-
dos impotentes para sostener la dignidad de la
Francia y que serán por su impotencia, testimo-
nios dolorosamente impasibles de los nuevos
abusos de Rosas.
Tal partido, ló repetimos, de la Francia republi-
cana, que nada cede á la Francia monárquica,
debe herir el corazón de Montevideo, cuya débil
voz no alcanza á una gran nación como la
Francia, que en siete años ha sido impotente pa-
9
130
MONTEVIDEO
ra conseguir el fin de sus largos dolores. Tal vez
llegará el día, no muy lejano por cierto, en que la
desesperación pondrá un término á esta heroica
defensa, y Montevideo desaparecerá de la super-
ficie de la tierra, — entonces de los écos de esta
caída, que llegará hasta la Europa y hará latir de
simpatía mas de un corazón, se dirá :
«No es nada, continuad vuestro buen sueño, es
una ciudad que ha caldo.»
Y se engañarán completamente; Montevideo
no es solo una ciudad, es un símbolo; no es solo
un pueblo, — es una esperanza; — es el símbolo del
orden, — es la esperanza de la civilización. Caída
Montevideo, último asilo de la humanidad en la
América Meridional, un poder anti-social esten-
derá su sombra desde la cumbre de los Andes,
hasta las riveras del Amazonas, destruyendo por
mucho tiempo, sino eternamente la obra de Co-
lón fecundada por cuatro siglos con la incubación
europea. Los hombres que bajo Rosas diseminan
en sus respectivos países, la destrucción y dán
vida á la barbarie, son el símbolo de aquellos
indios, que empuñando la lanza, rechazaban de
las orillas de América, á todos los que del viejo
mundo les llevaban la luz del Oriente; — aque-
llos que desde dentro de los desmantelados mu-
ros de Montevideo, luchan contra Rosas, son al
contrario los representantes de las ideas de hu-
Ó UNA NUEVA TROYA
131
manidad y civilización, que el viento europeo
hace fructificar en el Nuevo Mundo,
Reducidos al estremo, los asediados de Mon-
tevideo, dirigieron la mirada hacia la Europa,
fiando primero en las simpatías, y después en
que protegerían sus propios intereses, ellos pi-
dieron á la civilización un apoyo para el triunfo
de la misma — ¿Serán abandonados en brazos
de la barbarie? ¿El último grito que mandan
por mi intermedio, será inútil y se perderá en el
vacio ?
¡ Oh ! demasiado inútil y perdido, como aque-
llos que nosotros lanzamos en pro de los italia-
nos y de los Ungaros.
Suelen en el correr de los mas iluminados si-
glos, tener lugar el desarrollo, de algunas épocas
extraordinarias, en que el egoísmo individua Mega
á comprimir, el arrojo general de un pueblo
grande, y se suceden entonces los dias de desa-
liento y de inercia, que no dejan suponer que
se han sucedido otros, de fiebre y de brío, que
han dado vida á las revoluciones.
Esto sucede cuando en vez de las nobles pa-
siones hijas de todo gran desórden que tenga
por causa y por fin el progreso, aparece gigante
la reacción esta gran diosa del interés y del
miedo que pone en fuga todos los ángeles más
bellos del cielo, la fé, el sacrificio, la fraternidad.
132
MONTEVIDEO
Entonces lo escalan no se sabe cómo, y conservan
el poder hombres que á los ojos de la mayoría
que los ensalza., no tienen sino el prestigio de la
mediocridad que en otros tiempos los convertiría
en objetos de indiferencia y desprecio. Para es-
tos eunucos políticos, de corta vista, pobres de
espíritu, fríos de eorazón, no hablan los nobles
instintos puestos por Dios, en el pecho de los
hombres ; toda gran revolución; los sorprende,
los aterra toda estrema medida; para esos inquie-
tos y cobardes no hay mas que la calma del
sepulcro. Muchos de los hombres fuertes que
adquieren nuevo vigor en las batallas, y luces en
la tempestad, se inspiran en la política de Luis
XI y de Maquiavelo, ignorando los necios que
el uno tenía un reino que ampliar, y el otro una
nacionalidad que constituir. Mientras que para
nosotros la nacionalidad está en las ideas, la
soberanidad en el pueblo y mientras á nosotros
Dios nos ha confiado la misión de erigir sobre
nuevas bases, el edificio social.
Así aquellos hombres ciegos é impotentes, ne-
garon la luz de Dios, y se unieron en cambio con
la Inglaterra y con el Austria, nuestros mortales
enemigos.
La Inglaterra, con quien tuvimos una guerra
de cuatro siglos y que tentó inundamos, como el
mar que á pesar de sus avances, es contenido y
rechazado.
Ó UNA NUEVA TROYA
133
La Inglaterra que nos recuerda eternamente
los nombres de Crecy, Poitiers, Azincourt, Abou-
kir, Trafalgar, Waterloo, á los cuales, no po-
demos contraponer que los de Taillebourg y
Fontenoy. La Inglaterra nuestra jurada enemiga,
porque ella, no es mas que el hecho y nosotros
somos la idea; porque ella no es mas que Cárta-
go y nosotros somos Roma.
La Inglaterra, verdugo de Juana de Arco y de
Napoleón.
La Inglaterra en fin que mira con envidia á
Argel y que donde flamea nuestra bandera civili-
zadora, se atraviesa siempre en el camino con
cuestiones de comercio ó de industria.
La Inglaterra que se hace nuestra aliada,
solo cuando los intereses del regente Felipe ó
del rey Jorge, se encuentran sobre el mismo
terreno, porque el uno era un usurpador y el otro
meditaba una usurpación.
¡El Austria!
El Austria que mejor que la Rusia representa
el absolutismo en Europa, porque es el absolutis-
mo civilizado.
El Austria á quien nosotros, como á la Ingla-
terra hemos combatido por el espacio de cuatro
siglos.
El Austria que la sucesiva política de nuestros
reyes desde Francisco I hasta Luis XV tentaba
134
MONTEVIDEO
de desmembrar y cuya alianza nos costó por la
primera vez la guerra de siete años, la segunda
la cabeza de Luis XVI y después la caída de Na-
poleón.
El Austria que fusila en Iivomia y apalea en
Milán.
El Austria que la providencia puso á nuestra
disposición por la revolución de Alemania, de
Hungría y de Italia; á cuya águila pudimos de
un solo golpe tronchar las dos cabezas que miran
al Sur y al Norte, y sobre cuyas heridas vertimos
en vez, bálsamos á manos llenas, perdiendo así
la popularidad y el honor de la Francia.
Es necesario pues concluir; cuando los hom-
bres que gobiernan á un pueblo circunscriben su
política desde la calle Saint-Dénis al canal de
SaintMartin, mientras debía tenerpor confineslos
Andes y los Carpazú, cuando el egoismo ocupa
el lugar del sacrificio, cuando en vez de desen-
vainar la espada de Pavía, de Ivry, de d’Arques,
de Casale, de Nerwoinde, de Steinkerque, de Da-
nain, de Fontenoy, de Brandywoine, de d’ Arcó-
le, de Rivoli, de Montenotte, de las Pirámides,
de Marengo y de Austerlitz por la causa de la
libertad, esconden en vez la espada y la vaina,
y detienen así el progreso de la humanidad, puede
decirse, con razón que una causa providencial los
arrastre, que ahora oculta á nuestras miradas,
se nos haga visible algún día.
Ó UNA NUEVA TROYA
135
Y este día, será aquel de la venganza.
Paciencia pue3 italianos, húngaros, montevi-
deanos; llegará el tiempo en que un pueblo repu-
blicano os dirá : « hermanos, nosotros os traemos
la libertad y el comercio, sois libres y ricos co-
mo nosotros y por esta libertad y por esta ri-
queza que os ofrecemos en dono, oloidad nuestra
intervención en Nésib, nuestra presencia en
Roma, nuestra ausencia de Montevideo .»
A la espectación de Kossut, de Mazzini y de
Suarez;— quien dedica estas páginas á vuestra
gloria,— única gracia que solicita, es un puesto
de ciudadano en vuestras futuras repúblicas !
FIN
FÉ DE ERRATAS
Se han deslizado los siguientes errores, que salvamos en la pre-
sente fe de «Tatas, por la que pedimos disculpa á los lectores.
Págmas Dmót&ct
Deke díor
mas aproxima
damos breves
del gobierno español
tentaron introducir
otra de esterminio
comprendidos
Conservó su puerto,
cansas de discusión,
tiene instruios
frutos del oro,
estos ingenios
que recuerdo los
que apuró á los
que despuso de haber
y se retiró al Paraguay
por todos un pueblo
dominado obtenido
un artiente y puro
á quien llamaba
por medio
quien siendo de
primado de nombre
la ultimó,
corazón nobles,
atarse el cabello
aquellos del dictador
la inmigración;
Y es verdad.
mas se aproxima
damos unos breves
del comercio español
tentaban introducir
obra de esteraunío
comprendidas
Conservó su puesto,
causas de disención,
tiene instintos
frutos de oro,
estos ingenuos
que recuerda los
que opuso á los
que después de haber
y se retiró al Paraguay
por todo un pueblo
dominado. Obtenido
un ardiente y puro
á quienes llamaba
por un medio
quien riendo de
privado de nombre
lo ultimó,
corazón noble,
atarse al cabello*
aquellas del dictador
la emigración;
Y en verdad.